También nos hemos encontrado empapelados en las calles periódicos viejos, series o películas liberadas. Imágenes que ya no tienen (o quizá nunca tuvieron) buena calidad. Vemos la imagen borrosa, pixelada, con colores opacos, desgastada por la humedad, el tacto, el polvo, el humo e incluso por su recorrido digital. No importa si lo que nos encontramos es un álbum, una memoria USB o fotografías sueltas: las imágenes han cambiado. Se han movido y transitan entre distintas relaciones. ¿Cómo actúan estas imágenes? ¿Cómo potencian las acciones colectivas?
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Pensemos en recuerdos, en imágenes, en imágenes de recuerdos, en recuerdos de imágenes de recuerdos. Imágenes difusas, borrosas, ruidosas. Los formatos las truncan y las dinamizan; algún link extraño del Internet puede transformarlas. El moho las comienza a habitar, las desgasta, escribe sobre ellas. Los insectos las carcome, y nos quedan rastros de encuentros. ¿Quién tomó aquella fotografía en la que jugábamos con casas de cartón? ¿Quién hizo aquel documental que encontramos al andar por YouTube? No se suele tener precisión de quién las produce ni de cuándo. Las imágenes transitadas aparecen: ya siempre ocurren inmersas en movimientos y relaciones.
La imagen transitada acontece en muchos medios y en muchas formas. Pienso en las fotografías viejas de los archivos familiares. Rotos y ocultos. En las fotos despintadas con rastros de agua. Las fotografías en físico se transforman en digitales conservando sus propias marcas de tiempo, se digitalizan y se cambian, pasan por formatos diversos. En ambos casos, se comparten y se editan, recorren chats de familia, publicaciones en Facebook, Instagram y otras formas de difusión.
También pienso en los diseños y en las consignas que se usan en los movimientos sociales. Son imágenes de circulación libre, colectiva, en enjambre. Las intervienen libremente y se reproducen en masa. Los diseños circulan en carpetas liberadas para ser impresos en grandes cantidades y salir a abrazar las calles. Pienso en las fotografías de los desaparecidos en las paredes del centro, en su desgaste. En cómo a pesar de ser arrancadas perduran, y se vuelven a imprimir, y se vuelven a pegar, y en cómo se seguirá haciendo.
Estas imágenes difuminan también la relación entre creador y observador. Nadie las crea desde cero y no es posible terminar de crearlas. Incluso los que creen solo observar participan de sus modificaciones. Somos coautores de imágenes transitadas —si es que aún tiene sentido hablar del autor—-, somos parte de las obras populares que siempre se dan en colaboración.
Las imágenes transitadas aparecen, pasan necesariamente de mano en mano, de dispositivo en dispositivo, de insecto a insecto, acompañadas por otras formas de existencia que las transforman. Las modifican constantemente. Su baja calidad y resolución potencian otras posibles prácticas sensibles y creativas. Ya no se ven limitadas por el autor, por el mercado, ni por el discurso nacional; más bien, los retan y se fugan de ellos. Abren paso a su apropiación, a su libre distribución y a intervenciones colectivas. Pasan a guardarse en archivos alternativos y en las calles. Dejándonos instruir por Hito Steryerl: «sus conexiones ópticas —edición colectiva, archivos compartidos o circuitos de distribución activista— revelan enlaces erráticos». ¿Qué puede ser más errático que la libre circulación de imágenes que surgen de los márgenes?
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