Los niños parecen tenerlo más claro que nosotros: compartimos las calles con los fantasmas. Se relacionan entre sí y con nosotros. Aparecen en las historias que cuenta la abuela, en las caricaturas, dentro del armario, debajo de la cama y en los libros. Esto se trata entonces de apariciones y aparecidos. Los fantasmas son populares entre los niños, y estando en una biblioteca escolar lo noto más. No faltan los niños que se acercan buscando historias de monstruos y fantasmas. Siempre se acercan con entusiasmo, como persiguiendo al espectro. Es mi trabajo servir de médium, brindarles historias de apariciones y acercarlos a mundos subyacentes –aunque suelen estar más cerca ellos–.
La literatura infantil crea con la puerta abierta. Genera historias con prácticas alternativas de relacionarnos. Es entonces donde los fantasmas ya no aparecen solo para asustar, sino que aparecen para hacer amigos, para pedir ayuda y para contar chistes. Los fantasmas siempre están haciendo algo y nos hacen hacer cosas también. En los cuentos infantiles los se vuelven parte de la cotidianidad de los niños y los mueven a actuar. Estos espectros requieren que los niños hagan cosas. Aunque esto implique también, desafiar al mundo de los adultos.
[frasepzp1]
Los adultos lo repiten: abajo de la cama no hay nada, deja de hablarle a la nada, aquí no hay nadie más. En el libro Biografía de un par de espectros, Juan Carlos Quezadas nos habla desde un fantasma y nos aclara la cuestión de la nada: «Daniel platicaba precisamente conmigo. Y seré todo lo que tú quieras, menos la nada» (Quezadas, 2008). ¿Cómo van a ser nada los fantasmas si a los niños parecen atraerles tanto? Los adultos no se cansan de decir qué existe y qué no, con qué es posible relacionarse y con qué no. El disciplinamiento atenta contra la imaginación, y no solo contra la imaginación, sino también contra las posibilidades de relacionarse.
Siguiendo a Lidia Delgado, quien dice que el monstruo: «se ha resistido a los esquemas de dominación, resiste, insiste, se desplaza y muta: muta continuamente, se escapa de las categorías y de las normas, se desplaza de lo que es propio de lo humano» (Delgado, 2026). El fantasma comparte esto con el monstruo –incluso lo comparte con los niños–. Las tres formas de existencia asustan a los adultos, especialmente a quienes podemos considerar completamente humanos. El monstruo, el fantasma y la infancia agitan a las instituciones disciplinarias.
Hay algo del fantasma que se aparece e invita a los niños a hacer alianzas con monstruos y fantasmas. Porque, al igual que el espectro, la infancia aparece y Mario Enriquez nota su aparición: «deviene espectro: vuelve y en su aparición aforme –mejor dicho de formas insólitas– reconfigura también la realidad» (Enriquez, 2025). La literatura infantil, las infancias y sus alianzas logran explorar con mayor libertad la actividad revolucionaria. Dentro de estás prácticas se reconocen a los niños como seres anárquicos, revoltosos y rebeldes, que escapan constantemente de la formación y la disciplina. Desde este espacio de fuga aparecen con la potencia política de crear y atender otros mundos. Quizá todos deberíamos acercarnos a leer libros para niños, atender los mundos subyacentes y aliarnos con ellos.
______________________________________________
*Corchetes añadidos por la autora del texto.
Delgado, L. (2026). Conjuros desde la lectura y escritura de cuentos de lo insólito para la re/generación de un mundo en crisis [Texto inédito] Departamento de Letras y Filosofía, Universidad Rafael Landívar
Enríquez, M. (2025). Devenir niñe para atender la disfória [Texto inédito]
Halberstam, J., & Halberstam, J. (2018). El arte queer del fracaso (J. Sáez, Trans.). Egales S.L.
Quezadas, J. C. (2008). Biografía de un par de espectros: una novela fantasma. Ediciones SM.
Más de este autor