Mientras la atención pública está puesta en cómo el cierre del estrecho de Ormuz afecta los precios de los combustibles en todo el mundo, yo elijo contar una historia secundaria. De cómo una banda de Punk criticó a través de la música a una revolución.
Esa revolución, fue la que llevó al Ayatolá Komeini al poder en 1979. Cambió una sociedad en la que se había abierto un proceso de occidentalización, hacia un modelo teocrático, que Persépolis, la película de animación de 2007, basada en la novela gráfica de Marjane Satrapi, literalmente caricaturiza.
Komeini, quien vivió en exilio durante muchos años en Irak y posteriormente en Francia, obligado a ello por el Sha Reza Palevi, condujo a la creación de un régimen basado en la ley islámica, que sobrevivió a su muerte en 1989 y que hoy sigue más presente que nunca en las portadas de los diarios y en las redes sociales.
Entre las restricciones impuestas por la Revolución Islámica estaba la prohibición del rock, considerado corrupto y una «intoxicación occidental». La prohibición persiste hasta hoy, y las bandas iraníes operan en la clandestinidad o desde el exilio.
En 1982, The Clash, preparaba su álbum Combat Rock. Uno de sus discos más celebrados. Y una de las canciones, que estaba destinada a ser un éxito, es Rock the Cashba. Parte de la lírica de la canción dice lo siguiente:
By order of the Prophet
We ban that boogie sound
Degenerate the faithful
With that crazy Casbah sound
La lírica habla de una situación muy similar a la prohibición establecida por el régimen de los ayatolás y caricaturiza esa restricción, describiendo cómo las multitudes bailaban en los templos de la Casbah —usualmente el centro de la ciudad antigua, donde se agrupan los edificios administrativos y religiosos— desafiando al régimen, hasta el punto de que incluso los pilotos de los aviones de combate enviados a bombardearlos sintonizaban en sus cabinas emisoras que transmitían rock.
The Clash aportó esta crítica mientras el régimen iraní quemaba discos y libros en las calles de Teherán y otras ciudades, y encarcelaba o exiliaba no solo a músicos. Esta era una práctica común de los totalitarismos, que imponen su única manera de pensar como admisible, dejando su cumplimiento en manos de la Guardia Revolucionaria.
La prohibición del rock y de otros elementos considerados perniciosos de Occidente no significaba que el régimen rechazara el arte. De hecho, el Ayatolá Komeini era poeta, y su obra se publicó después de su muerte. Por supuesto, el arte debía estar alineado con la revolución. El caso contrario es la fatua emitida contra Salman Rushdie, que resultó en el atentado en el que perdió un ojo y la movilidad de una de sus manos.
Y mientras la guerra en el Golfo viola una vez más todas las reglas del derecho internacional y niega sus mismos fundamentos, quizá solo nos queda aferrarnos a alguna historia del punk como órdago para conservar un mínimo de cordura.
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