Por su letra y música el Himno Nacional de Guatemala es poderoso. La obra original de José Joaquín Palma y Rafael Álvarez Ovalle, oficializada en 1897, y los cambios de José María Bonilla Ruano, en 1934, dieron lugar a una melodía y una armonía certeras que le confieren una notable solemnidad.
Formado por cuatro estrofas y cuatro coros, el himno promueve la unidad y apunta a estimular el orgullo de ser guatemalteco/a. La emoción de cantarlo en ceremonias abre la posibilidad de olvidar la letra, aunque siempre hay más de alguien que mantiene la continuidad en un entorno alusivo al patriotismo, la soberanía y «glorias» pasadas.
El 21 de marzo en el National Orange Show Event Center, en San Bernardino, California, ocurrió un lamentable desliz –en realidad más de uno– en el preámbulo del combate sostenido por Lester Martínez, ahora «campeón interino supermediano del Consejo Mundial de Boxeo». Y es que la organización dio el honor de interpretar el himno a Karol Posadas, una connacional residente en Estados Unidos muy poco conocida o hasta desconocida en nuestro país.
Con excesivo histrionismo, propio de otro tipo de géneros musicales, la cantante no dejó de moverse sobre el cuadrilátero, con la intención de, precisamente, mover las emociones de las y los afines al púgil guatemalteco. Sin embargo, entre idas y venidas fuera del ritmo ceremonial, Posadas se perdió en el primer coro y luego siguió equivocándose.
Los tropezones generaron lo que ahora es usual, activaron el coliseo romano moderno: las redes sociales. Por cierto, este momento casi empata con la fecha en que se entonó por primera vez el himno nacional, pues el trabajo de Palma y Álvarez se estrenó el 14 de marzo, hace 129 años.
[frasepzp1]
Vale señalar que pararse, o moverse, para cantar frente a una multitud no es sencillo, por supuesto, un/a profesional de la materia no debe perder la ruta. Por eso, los recursos de apoyo son variados. Posadas no contó con ellos como tampoco los tuvieron, por ejemplo, Ana Bárbara, Ángela Aguilar, Jenni Rivera, Jorge Muñiz y Vicente Fernández, recordados por fallar en actos públicos a pesar de que estaban en «su mero mole».
Desde el punto de vista «patriótico» el himno es lo más representativo, aunque es importante indicar que respetarlo se ha ido aligerando. Hoy, es usual que mientras se interpreta algunas personas conversen, otras caminen e, incluso, algunas se desentienden de él, lo cual rompe la solemnidad. En esa línea, el futbol de categoría mayor ha implantado que solo se canten la primera y la última estrofa con sus coros, situación que produce un engendro poético incoherente. Y al respecto, no se escuchan voces de protesta, como tampoco abundan los saludos el 24 de octubre, el día de este símbolo que no alcanza los reflectores de otras celebraciones o conmemoraciones.
Sin duda, el himno nacional requiere ajustes, como los tuvo en 1934 cuando se modificó el verso «Tinta en sangre tu hermosa bandera» por «Libre al viento tu hermosa bandera». Esta fue una de las variantes que redujo el tono bélico, sin que incidiera en reconocimientos como el que le otorgó la Sociedad Americanista de París y de Musicología de Francia, en cuyo seno fue considerado como «uno de los más originales y bellos…»
Tal vez, atender la prohibición de versiones abreviadas, como norma el artículo 4 del decreto 43-97 y ajustar de nuevo la letra, coadyuvarían a respetar el himno y que no se registren autogoles o nocauts que nos dejan mal parados.
Más de este autor