Esa, la culpa, se vuelve una especie de compañera que nos visita con frecuencia y nos juzga de manera inquisidora: se encarga de recordarnos lo «malas madres» que hemos sido o que somos. A veces, su presencia nos aporta perspectivas valiosas y constructivas sobre nuestros errores y nos sirve de acicate para evitar equivocarnos y repetir actuaciones nocivas para nosotras y para nuestros hijos. Pero demasiadas veces, esas culpas no son más que razonamientos irracionales, sin fundamento objetivo.
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Son como parásitos que nos succionan la paz y la seguridad: se alimentan de las grandes expectativas y mandatos patriarcales que obligan a las mujeres a ser perfectas en cada sentido y dimensión de nuestra vida, incluida la maternidad. Ser la madre perfecta —amorosa, comprensiva, presente, entregada, abnegada, previsora, cuidadosa y un largo etcétera— es lo que siempre se nos pide y se nos recuerda. Y si fallamos, allí está siempre la culpa, funcionando como un mandato disciplinador.
Así, sobre nuestros hijos e hijas y sobre nuestra maternidad, las madres sentimos culpa, mucha culpa…
- Culpa por no haber podido tener un parto natural, sino una cesárea de emergencia
- Culpa por ir a trabajar, para llevar dinero a casa, a los dos meses del posparto
- Culpa por delegar cuidados para poder trabajar.
- Culpa por no querer dar de mamar
- Culpa por no tener suficiente leche para alimentar
- Culpa por salir de viaje y olvidar el juguete favorito
- Culpa por no entender su llanto y anticipar qué es lo que necesita
- Culpa de no querer levantarse (una vez más) en la noche para vigilar la enfermedad y, aunque ya han tomado su medicina, solo queda esperar
- Culpa por perder la paciencia, por dar esa nalgada o ese grito que no era necesario
- Culpa porque la casa esté desordenada y no parezca portada de revista Buen Hogar
- Culpa porque no gusta cocinar, por no saber cocinar rico, culpa por no querer hacerles de cenar
- Culpa por estar demasiado cansada para preparar el postre que tanto les gusta
- Culpa por no tener «instinto materno»
- Culpa por no ser lo «suficientemente» cariñosa
- Culpa por no querer jugar y que no guste (nunca) acompañarles a jugar
- Culpa por no poder llevarles a todas sus actividades sociales
- Culpa por no comprar todo lo que piden
- Culpa por no permitirles que lleguen amiguitos a jugar a casa (porque no apetece cuidar a otros niños)
- Culpa por llegar retrasada y de último a recogerles a la escuela
- Culpa por estar harta, estar cansada y querer salir corriendo
- Culpa por separarse-divorciarse y dejar a su padre
- Culpa por disfrutar viajar sin ellos
- Culpa por disfrutar la propia libertad
- Culpa por comerse un postre sin ellos, o de comprarse algo para sí misma
- Culpa por salir y no dejarles comida preparada (aunque sean adolescentes y puedan solucionarlo)
- Culpa por volver a enamorarse
- Culpa por ser madre soltera y disfrutar libremente la sexualidad
- Culpa por salir con las amigas
- Culpa por no ponerles suficiente atención
- Culpa por disfrutar arreglarse linda
- Cupa por disfrutar el trabajo
- Culpa por darle gran valor a la carrera profesional y por atender nuestro desarrollo personal
- Culpa por arrepentirse de haber tenido hijos
- Culpa por transferirles nuestros propios traumas o por dañarles de las mismas maneras en que nos dañaron a nosotras
- Culpa por sentirnos responsables de su felicidad o por no hacerles lo suficiente felices.
- Culpa por no tener culpa
Seamos realistas: es imposible ser perfectas y es muy difícil cumplir con los estándares que el patriarcado, la cultura, la religión y, hasta el capitalismo, esperan de nosotras.
Las madres vamos a equivocarnos, a cansarnos, a perder la paciencia. Vamos a enfrentarnos a situaciones que nos superan y escapan de nuestro control. Sin embargo, no todo es nuestra responsabilidad y no siempre es la madre la única responsable.
Las madres tenemos derecho a imaginar, a ser libres, a descansar, a desarrollarnos, a disfrutar y a ser felices. También deberíamos tener derecho a equivocarnos, a ser comprendidas y disculpadas: deberíamos tener derecho a vivir en nuestros propios términos, en formas transformadoras y liberadoras para nosotras y nuestros hijos e hijas.
Sanos ejercicios feministas, críticos y de introspección personal pueden ayudarnos, una por una y una a la vez, a desarmar esas culpas irracionales que solo nos sujetan, nos castigan y nos condicionan. Tenemos derecho a vivir libres de ellas.
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