Por la complejidad del tema se pueden escribir páginas y más páginas. En mi artículo anterior presenté un inventario de las culpas que experimentamos las madres: aunque al inicio las ideas no fluían, después empecé a rememorar con suma facilidad episodios lejanos de mi propia maternidad, incluso de recuerdos de situaciones de hace 22 años, en los que me sentí profundamente miserable y culpable por ser «mala madre».
Las amigas aportaron sus ideas: nos reímos al escucharnos, porque algunas culpas podían sonar francamente tontas y creíamos que eran experiencias personales y únicas, cuando resultaron ser comunes y compartidas. Así, nuestras culpas como madres también lo son.
Sin lugar a dudas fallamos en el ejercicio de nuestra maternidad: somos humanas e imperfectas. Psicológicamente, sentir culpa es parte de un impulso natural de reparación o compensación, cuando se ha producido un daño. Pero qué sucede cuando ese impulso se vuelve compulsivo y perenne en el tiempo ¿Cuál es el origen y cómo se explica ese sentimiento constante de mortificación y culpa materna?
Desde una perspectiva feminista, podría decirse que experimentamos culpas porque vivimos en una tensión constante entre la experiencia maternal de amor y cuidado y vivir nuestra realidad compleja, demandante y desgastante, con la exigencia de cumplir las expectativas que la sociedad patriarcal nos impone. Aunque amemos profundamente a nuestros hijos e hijas, es un hecho que no siempre podemos ser las madres disponibles, entregadas y atentas que nos dicen que debemos ser: vivir al ritmo de otras vidas y ser su sustento vital es en sí mismo desgastante, y lo es aún más cuando existen metas, estándares, mandatos y expectativas sociales, culturales y económicas impuestas que cumplir.
Adrienne Rich en su texto Nacemos de mujer (1976) explica que la institución de la maternidad constituye un pilar patriarcal, en tanto el poder reproductivo de las mujeres es regulado por los hombres como ejercicio de control y domesticación. En ese marco, la experiencia individual se aliena y se mantiene controlada a través de un conjunto de suposiciones y normas que dictan lo que la madre puede o no hacer y cómo debe —o no— maternar, a partir de modelos de abnegación, entrega y sacrificio constante. Desde los mandatos patriarcales, el lugar de la madre es su casa con sus hijos; es un ser no sexual (o que se vincula con la sexualidad únicamente para la reproducción); viste de determinada manera; se debe a su hogar; no piensa demasiado; no exige; prevé y persiste. Así, la lista de mandatos alrededor de la maternidad es enorme.
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A la madre se le vigila, se opina sobre ella y se le juzga: la juzga la iglesia, el marido, la suegra, la familia, la escuela, su jefe y compañeros de trabajo, las vecinas, el líder comunitario. Finalmente, con esos mandatos interiorizados, nosotras mismas nos vigilamos y juzgamos, regulamos nuestra relación, trato y cuidado hacia nuestros hijos e hijas y hacia nuestra propia vida, a partir de lo que se nos ha dicho y de lo que se espera de nosotras como mujeres, madres o personas que gestan. Es en la contradicción entre nuestra experiencia individual —real y compleja— y el cumplimiento de la maternidad como institución patriarcal donde surge la culpa como mecanismo disciplinador que nos recuerda nuestras «fallas», nuestros «incumplimientos» y nuestras «debilidades».
Quizá, si nos atreviéramos a desoír los nefastos mandatos patriarcales y si no tuviéramos que lidiar tan solas con la experiencia cotidiana de la maternidad, el efecto de la culpa sobre nuestras vidas sería muchísimo menor. Si el sistema institucional de cuidados fuera más amplio y sólido, si colectivizáramos los cuidados y volviéramos a las ancestrales redes comunitarias de acompañamiento de la crianza y si nuestras parejas jugaran un rol más solidario y comprometido en el cuidado de sus hijos e hijas —sin tener que pedirlo—, quizás las madres podríamos sentirnos más libres y plenas, con menos culpas.
Para la liberación de esa culpa patriarcal que juzga —y busca controlar— la maternidad, podemos tomar varios caminos. Por ejemplo, desarrollar, de a poco, una mayor conciencia sobre cómo, en nuestros comportamientos cotidianos y en el ejercicio de la maternidad, nos encontramos juzgándonos y recriminándonos incluso cuestiones que no ameritan tales juicios y recriminaciones.
Para restarle poder a esa culpa nefasta, empecemos a observarla de cerca. Volvámonos expertas en identificar cuándo responde a un mandato y a una expectativa patriarcal que nos somete y condiciona de mala manera. También aprendamos a usar la culpa materna a nuestro favor e identifiquemos cuándo es una señal que nos llama a reparar algún daño real cometido contra nuestras hijas e hijos. Porque, tristemente, nuestro amor de madre no es perfecto y nos equivocamos. Esa culpa, como alerta y estímulo para la sanación, sí debe ser escuchada y atendida. Pero, cuando no sea así, cuando se trate de esa culpa patriarcal que nos hace sentir «malas madres», que quiere normarnos, someternos y limitar nuestra autonomía y potencial, no queda más que mandarla a volar, lejos.
Finalmente, usemos la conversación sobre las culpas maternas (que nos son compartidas y comunes) como un ejercicio feminista y de sanación colectiva. Hablar sobre ello le resta poder al patriarcado: al exponer la culpa la debilitamos y, con eso, ganamos todas y todos.
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