Su testimonio, ahora en conocimiento de la Fiscalía de la Mujer del Ministerio Público, revela el impacto emocional del hecho: «Yo estaba temblando; intentaba no llorar porque me daba miedo. Me quedé viendo hacia la ventana, donde había unos árboles. Luego me salieron las lágrimas. En eso sonó el timbre para regresar a clases», dijo. La niña, de apenas 11 años, volvió a llorar durante la entrevista con personal fiscal y psicológico, mientras relataba el castigo, que consistió en permanecer de pie frente al pizarrón, obligada a estar inmóvil durante diez minutos, mientras el docente observaba su teléfono.
Este caso no es aislado. Refleja una problemática más amplia: cuando la disciplina escolar se transforma en una forma de violencia que vulnera derechos fundamentales de la niñez.
Doble, y a veces triple castigo
La niñez enfrenta múltiples fallas estructurales. Por un lado, la falta de infraestructura adecuada en muchos centros educativos limita los espacios para el juego, el esparcimiento y el desarrollo integral. Correr, jugar o simplemente ser niño o niña se convierte en una conducta castigada.
Por otro lado, la respuesta de los docentes suele centrarse en la prohibición y el castigo. Así, se configura un doble castigo: primero, por un sistema que no ofrece condiciones dignas; luego, por conductas propias de la infancia que son reprimidas. En muchos casos, esta carga se agrava cuando provienen de entornos familiares o comunitarios atravesados por la violencia. Se configura entonces el triple castigo.
En este contexto, la escuela deja de ser un espacio seguro. Se transforma en un entorno restrictivo, donde la disciplina puede derivar en abuso de poder. Lo que debería ser un lugar de aprendizaje, socialización y desarrollo emocional se convierte, desde la perspectiva infantil, en un espacio de horror.
La violencia docente
La violencia docente comprende diversas formas de abuso ejercidas por quienes detentan autoridad en el ámbito educativo. Como señala Chavarín Campos (2024), se trata de «cualquier forma de comportamiento violento o abusivo por parte de un profesor o profesora hacia las y los estudiantes, o entre colegas en el entorno educativo», lo que incluye abuso verbal, intimidación, castigo físico o emocional, discriminación o acoso.
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Sus efectos trascienden el bienestar emocional de los estudiantes: también inciden en el aprendizaje y deterioran el clima escolar. Las causas son múltiples: desde factores individuales —como el estrés o la falta de habilidades para manejar conflictos— hasta la persistencia de modelos disciplinarios que legitiman el castigo y la humillación como formas de control sobre la niñez.
Violencia invisibilizada y complicidad institucional
Este tipo de violencia es minimizado o naturalizado. Opera una complicidad silenciosa dentro de las instituciones educativas. El temor a denunciar, la normalización de prácticas violentas y la falta de mecanismos efectivos de control permiten que estas conductas persistan; se configura así un silencio compartido dentro del claustro docente. Mientras tanto, las víctimas —niños y niñas— suelen callar, atrapadas en la confusión de ser agredidas por figuras que deberían representar cuidado y guía.
El testimonio de Flor Bella es revelador. Al ser consultada sobre qué espera que ocurra con el docente, respondió: «Quiero que cambie, que ya no amenace ni castigue a los niños». Su petición no es de castigo, sino de transformación. Con ello, la niña apunta a una respuesta integral: la prevención de la violencia en las escuelas no puede limitarse a mecanismos de control ni a figuras de «policía escolar».
Es necesario que el Ministerio de Educación de Guatemala impulse procesos de formación docente centrados en la gestión emocional, el manejo del estrés y la resolución pacífica de conflictos. Asimismo, es fundamental fortalecer la cultura de denuncia, garantizando condiciones seguras tanto para estudiantes como para el personal educativo. Esto implica trabajar con toda la comunidad educativa: docentes, familias y estudiantes.
Recuperar la escuela como un espacio seguro no es solo una tarea institucional, sino un compromiso social. Cuando la violencia se normaliza en el aula, no solo afecta a una niña o niño: se compromete el presente y el futuro de toda la sociedad.
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Chavarín Campos, E. E. (2024). La violencia docente: Perspectiva teórica conceptual. Trazos Pedagógicos.
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