El acceso al poder político puede producirse por múltiples vías. Puede ser por coyunturas favorables, por errores de los adversarios, por hartazgo social o, incluso, por la permisividad o conveniencia de los grupos que detentan el poder real; tanto dentro como fuera del país, por ejemplo: el CACIF o los «gringos» . Sin embargo, ninguna de estas circunstancias garantiza que quien asume el gobierno cuente con las capacidades necesarias para conducir el Estado. La historia reciente de nuestro país nos hace ver que llegar al poder no equivale, precisamente, a tener poder.
Al respecto, el pensamiento de Antonio Gramsci (Cuadernos de la cárcel, 1984) ha mostrado que el poder no se ejerce únicamente desde el aparato estatal, sino también desde la hegemonía, entendida como la capacidad de dirección moral e intelectual de la sociedad. En ese sentido, gobernar no es únicamente administrar, sino también convencer, articular y orientar. Sin hegemonía democrática, sin capacidad de ejercer la fuerza permitida, el poder formal se vacía de contenido y se convierte en una simple ocupación transitoria del cargo.
Lo anterior nos lleva a dos caminos de reflexión: el primero, sobre el papel del actual gobierno a la luz del cuestionamiento acerca del poder que realmente detenta; el segundo, sobre los escenarios y desafíos que implicaría la llegada al gobierno de un instrumento político con mayor capacidad, legitimidad y poder efectivo.
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En tal sentido, es evidente que la gobernabilidad no depende solo del presidente o del gabinete, ni de sus diputados oficialistas, sino de la relación entre Estado, sociedad, élites económicas, políticas y potencias extranjeras. Por ejemplo, la actual administración se enfrenta a estructuras enquistadas en la institucionalidad —redes de poder que no pasaron por las urnas, pero que condicionan decisiones, bloquean reformas y definen prioridades—, como se evidencia en la elección de segundo grado actualmente en desarrollo. Sin una estrategia clara para enfrentar o transformar esas estructuras, el gobierno termina bajo la agenda de otros.
Por otro lado, aquellas organizaciones sociales o grupos de la ciudadanía que han logrado —o lograrán— hacerse de instrumentos políticos y que pueden llegar al poder por cualquiera de las vías mencionadas parecen, preocupantemente, descuidar los desafíos de la sostenibilidad y las condiciones necesarias para ejercer un poder real. Da la impresión de que el medio y el fin se reducen a ganar una elección, ya sea en el ámbito municipal o nacional
Por eso, el verdadero reto no es ganar elecciones, sino construir capacidad de gobierno en todos los niveles. Esto implica formar equipos competentes, establecer alianzas territoriales y multisectoriales, fortalecer las instituciones y sostener una relación honesta con la sociedad y los pueblos. Gobernar exige estrategia, ética y eficiencia. Sin ellas, el poder se convierte en un ejercicio improvisado y reactivo, un bucle sin salida que puede repetirse si cualquier grupo progresista llega al poder sin haber forjado desde ahora las condiciones para ejercer un poder real.
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