Bajo la orientación de mi padre, yo leí esas obras entre los 15 y los 17 años de edad y pude colegir —luego de un fluido diálogo con otros lectores— que no se trataba de libros exegéticos, sino del aprovechamiento al máximo del conocimiento bíblico y de la tradición de la Iglesia como recursos novelísticos (por parte del autor).
No las leí una o dos veces. Varios años después esas obras de Hugo Wast fueron objeto de muchas sobremesas con mis hijos. Y pasados los años he caído en la cuenta de que la metáfora de Ajenjo, que simboliza la soberbia y se personifica en la figura del fraile Simón de Samaría, no ha sido apreciada en toda su dimensión por los críticos (quién sabe si porque muchos censores padecen de ese mal). La máxima expresión —de la denuncia contra la soberbia— se encuentra en el capítulo X de 666, donde, en una aparición, el fantasma de Voltaire le avisa a fray Plácido de la Virgen (el anciano superior de una orden en extinción a la cual pertenece fray Simón) que en esa ocasión le anunciará solo males. Fray Plácido le pregunta de qué males habla y Voltaire se le escurre con un recurso figurado: «Al caer esa estrella, como una antorcha ardiente en el mar…». El padre Plácido —que sabe a quién y a qué se refiere Voltaire— lo interrumpe para decirle: «Eso está anunciado con estas palabras: “Et cecidit de caelo stella magna, ardens tanquam facula”». El filósofo le advierte entonces (porque en la obra el hecho ya sucedió): «¡Bien conoces tu Biblia, viejo fraile! Pues, al caer la estrella y detenerse el movimiento de la Tierra alrededor de su eje, los mares y los continentes cambiaron de lugar, las aguas de la tercera parte de los ríos se volvieron salobres y han muerto de sed poblaciones enteras».
La alegoría de fray Plácido de la Virgen es concerniente a Apocalipsis 8, 11: «Entonces cayó del cielo una estrella grande, ardiendo como una antorcha. Cayó sobre la tercera parte de los ríos y sobre las manantiales de agua. La estrella se llama Ajenjo. La tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo, y mucha gente murió por las aguas, que se habían vuelto amargas».
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En todo el entramado de las novelas se puede advertir cómo el protagonista principal, que es fray Simón de Samaría, no escucha los sobresaltados consejos de su superior en cuanto a cuidarse del orgullo y de todas aquellas ocasiones que alejan a la persona (en ese caso un sacerdote) de su misión. Y el final es catastrófico: fray Simón comete apostasía y sacrilegio al derrumbársele su propósito de ser papa. Creyó ser el elegido y se anunció como tal. Así se lo había hecho creer otra protagonista de la novela llamada Juana Tabor (Jezabel).
Desde Juana Tabor hasta 666 hay una relación que va in crescendo entre fama, ímpetus insanos y una desmedida ambición de poder, la cual tiene como sustrato la incapacidad de soportar una fuerte carga emocional que genera incertidumbre. El colofón de esa espiral es la desastrosa caída que vuelve amargas las aguas y provoca —según la narración del espectro— una terrible cauda de muertes humanas.
Todas esas figuras apocalípticas se han convertido en una realidad tangible en todas las categorías sociales de Guatemala durante esta pandemia. ¡Cuántos Ajenjos fueron soles hasta hace pocas semanas y ahora son aguas salobres que contaminan, amargan y matan! A muchos de ellos ni dos años les duró el encumbramiento. Cuántos Simones de Samaría se autoexaltaron porque una pandemia —que induce a un sostenido estado de angustia— provoca que los seres humanos saquen a flote lo mejor y lo peor de cada uno.
Consuela saber que la especie humana ha sobrevivido a peores imprevistos y a personajes más nefastos. La esperanza —que procede del bien— así nos lo anuncia.
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