Un despropósito es un sinsentido, algo absurdo que no tiene explicación lógica como no sea una intención aviesa como todas las noticias falsas que se propagaron en contra de las vacunas durante la pandemia de Covid-19 y que influyeron en muchos núcleos poblacionales donde, a ojos vistas, se redujeron las tasas de vacunación infantil. Y lo irracional alcanzó desde los Países de Primer Mundo a los Países de Cuarto Mundo. Sí, un coletazo pospandemia que ahora está azotando a Guatemala.
El 27 de septiembre de 2016 la Organización Mundial de la Salud declaró a la región de las Américas como libre del sarampión[1]. Desafortunadamente, en noviembre de 2025 esa condición se perdió, vaya usted a saber por cuántos años por delante. Fueron dos años y seis meses los que pasaron entre la finalización de la pandemia de Covid-19 y el aparecimiento del primer caso en América del Norte y el ventarrón nos alcanzó de nuevo.
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¿Cómo sucedió? ¿Por qué tanta mentira? Los absurdos no tienen explicación lógica. A mitad de la peste recibí una llamada de una persona (con quien tuvimos una relación laboral) preguntándome si yo me vacunaría. Le respondí que sí y él me indicó que no lo hiciera. Cuando lo cuestioné, palabras más, palabras menos me argumentó: «Mirá vos, yo sé de vacunas porque he trabajado con ganado. He vacunado muchos terneros y por eso sé de los efectos secundarios de esos químicos». Ante semejante irracionalidad yo me quedé callado, pensé no responderle pero luego me di cuenta de que cometería un verdadero pecado de omisión si no lo hiciese. Le contraargumenté que yo era médico graduado, colegiado activo y que estaba al día con relación al virus del SARS-CoV-2 y de las vacunas que se nos estaban poniendo al alcance. No pude hacerlo entrar en razón. Colofón, falleció él, algunos de sus familiares cercanos y, hasta donde recuerdo, algunos trabajadores de su empresa a quienes aconsejó no vacunarse.
Recordé entonces un artículo que escribí el 23 de marzo de 2020. Lo titulé: En tiempos de crisis, mucho hace el que poco estorba. El texto toral reza: «Después de haber sobrevivido como paciente a la epidemia de shigelosis de 1969 (bacilo I de Shiga, que se confundió con amebiasis y mató a cerca de 20,000 guatemaltecos); después de haber vivido como estudiante de medicina el terremoto de San Gilberto (1976); después de haber sido cirujano del Hospital Regional de Cobán durante la época más dura del conflicto armado interno; después de haber vivido (ya como médico) tres epidemias más, incluida la de A (H1N1), que se manejó con las pezuñas, y no con la cabeza (2009), y después de hacer un análisis concienzudo del comportamiento de la actual pandemia de coronavirus, puedo asegurar que en una situación como la que tenemos enfrente, de verdad, mucho hace el que poco estorba»[2]. No sé si tuvo oportunidad de leerlo aunque seguro estoy, él sí había tenido acceso a mi escrito.
Así pues, el sarampión está de vuelta. No sé si los antivacunas están felices o con algún cargo de conciencia. Mas, el cometido de este artículo no es entrar en un torbellino de discusiones que a nada conduzca. Mi intención es compartirles a ustedes, estimadas y estimados lectores, que el descubrimiento de las vacunas es uno de los mayores logros de la ciencia. Y sugerirles que, si por acaso aparece alguien aconsejándoles no vacunar a sus hijas, hijos, nietas, nietos, etcétera, respondan: «En tiempos de crisis, mucho hace el que poco estorba».
Hay respuestas más duras pero llamar a la confrontación en momentos como los que estamos viviendo no es la mejor opción.
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[1] https://www.paho.org/sites/default/files/SNS3803qtr.pdf#:~:text=El%20d%C....
[2] https://www.plazapublica.com.gt/content/en-tiempos-de-crisis-mucho-hace-...
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