Desde hace mucho tiempo, he notado que una de las características más notables y destacadas de la realidad nacional es la marcada y profunda percepción negativa que poseen los actores sociales sobre el futuro del país y sobre las posibilidades de cambio que tenemos como sociedad y como actores individuales. Lo noté inicialmente cuando estudiaba en México, por allá por el final de los años noventa y principio de los dos mil: cada vez que preguntaba la percepción sobre lo que podría ocurrir en el futuro inmediato, la respuesta contundente y unánime era: el panorama pinta muy mal. La recomendación estándar de mis familiares y amigos concluía mayoritariamente: «si puedes conseguir quedarte en México, no regreses».
Volví a percibir el mismo patrón pesimista cuando empecé a trabajar en la observación electoral, en los años en que se empezaron a implementar los ejercicios de observación electoral, a finales de 2003: la percepción de la mayoría de analistas coincidía en visiones catastróficas sobre los posibles escenarios electorales y las posibilidades del desbordamiento de la conflictividad y la violencia electoral. Algunos años después, un destacado periodista extranjero que empezó a laborar en Guatemala, le llamó a esta tendencia a magnificar los posibles escenarios fatalistas como los «profetas del desastre».
Terminé de comprobar esta falta de esperanza cuando me percaté que yo mismo era portador de tales visiones negativas: luego de uno de los numerosos ejercicios de coyuntura que suelo facilitar, el presentador concluyó mi exposición con esta frase: «deberíamos de diversificar nuestros análisis para empezar a variar el signo de los discursos: todos los análisis siempre nos hacen el recuento de nuestros males, no de nuestras posibilidades de cambio».
Por muchos meses he estado reflexionando sobre cómo introducir un cambio fundamental en el discurso que propago, de manera que empiece a producir un discurso que no contribuya a enterrar las esperanzas de cambio. Para ello, por supuesto, debo equilibrar mi análisis, de manera que no presente escenarios cargados de buenos ideales, pero completamente alejados de toda posibilidad de concreción. Un discurso esperanzador sin ningún fundamento es quizá mucho peor que un discurso realista, desencarnado y directo.
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Empecé a vislumbrar una estrategia discursiva diferente cuando me topé con una rama de la sociología menos explorada en Guatemala, tal es el caso de la llamada «sociología de las sensibilidades». Es un tipo de estudio de la realidad que se centra en lo que se ha dado por llamar «la sociodicea de la frustración»: una sorprendente capacidad del orden dominante de producir una naturalización del orden existente que termina de convencer a las sociedades de la inevitabilidad de los males que aquejan a una colectividad, por lo que produce apraxia, ataxia y sinestesia social; es decir, la completa y absoluta incapacidad de los actores sociales de imaginar un futuro mejor. La esperanza, en ese contexto comunicativo, es imposible, debido a que los males se perciben como realidades inevitables, inmutables, permanentes: «es la justificación de la sociedad tal cual, es decir, la aceptación de que el mundo es así (Salvador Giner)».
Cambiar el discurso para que no reproduzca esa inevitabilidad de los muchos males que aquejan a Guatemala, por lo tanto, es una estrategia urgente e indispensable en estos tiempos en los que se percibe una amenaza regresiva. Para ello hay que enfatizar que no todo está perdido, que aún depende de nosotros revertir esta racha negativa que nos aqueja desde 2019, debido a que aún podemos producir una gran alianza progresista que se aglutine para detener la llegada de un tercer gobierno conservador en el 2023.
El camino de la recuperación de la esperanza empieza por cambiar la arraigada sensación dominante de que ya nos derrotaron. Otra Guatemala es posible y solamente si creemos firmemente en la posibilidad de unir fuerzas para encontrar un camino que nos permita empezar a transformar las expectativas negativas en esperanzas fundamentadas en estrategias concretas, paulatinamente iremos construyendo una nueva realidad en este país que tanto amamos.
1https://www.confidencial.com.ni/opinion/una-estrategia-politica-para-recuperar-la-esperanza/
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