El mundo tal como lo conocemos está en constante y acelerada transformación. Hubo una época en la cual el acceso a la información era todo un privilegio, cuando estudiar era sinónimo de largas horas en la biblioteca, buscando libros y referentes bibliográficos para fundamentar cualquier tema de exposición o investigación escolar. Ahora esos tiempos parecen muy lejanos o son prácticamente irreconocibles para las nuevas generaciones, que han nacido en esta época de exceso de información. Muchas personas ahora confían más en buscadores como Google o en las noticias aparecidas en las redes sociales como Facebook que en la opinión de los expertos y de los libros.
El exceso de información ha estado con nosotros desde hace varios años, pero no fue sino hasta que apareció la pandemia cuando se volvió una verdadera pesadilla. Muchas personas tienen acceso a las vacunas y a las medidas de protección contra la enfermedad, pero han decidido, con base en información de dudosa procedencia, que simplemente ignorarán los consejos de los expertos y que desarrollarán su vida como su capricho les dicte. La frase de Arjona «Me enseñaste que no es bueno el que te ayuda, sino el que no te molesta» caracteriza a quienes quisieran seguir ejerciendo su libertad y salir a la calle libres de controles y sin la pena por buscar una vacuna que los pueda proteger.
Lamentablemente, hoy más que nunca las decisiones individuales pueden impactar en la vida de los demás. Por supuesto, puedo negarme a seguir las instrucciones, pero si me aíslo de los demás para evitar que mi imprudencia perjudique a otras personas. La pandemia debería enseñarnos que nuestra esfera personal de libertad está limitada por la de los demás, especialmente si vivimos en sociedad, de modo que, frente a una enfermedad que por sus características tarda varios días en manifestarse, los actos irresponsables de unos cuantos tienen consecuencias en la vida y la salud de otras personas. La paradoja de la enfermedad hoy en día es justamente esa: algunos no tienen acceso a la vacuna y la quisieran, mientras que otros, pudiendo acceder a la protección, simplemente ignoran los consejos y deciden seguir su vida como si nada hubiera pasado.
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Lo preocupante del tema son igualmente los muchos desacuerdos que uno puede rastrear sobre diversos temas relacionados con la enfermedad. La discusión sobre la pertinencia de algunas vacunas, por ejemplo, ha llevado a una batalla geoestratégica: Estados Unidos y la Unión Europea, por un lado, negándose a reconocer las vacunas rusa y china; Rusia y China, por otro, desatando una feroz campaña para desacreditar las vacunas estadounidenses y europeas. De la misma forma, existe desacuerdo en cuanto a la posibilidad de combinar los diferentes tipos de vacunas en caso de escasez, tal como con la segunda dosis de la Sputnik V. En países como Argentina, para solucionar el problema, se aprobó la combinación de dosis de diferentes fabricantes, extremo que en Guatemala no se ha dado. Finalmente, aún existe una gran controversia en cuanto a las medicinas que pueden usarse para prevenir o combatir la enfermedad. Por ejemplo, la Ivermectina sigue siendo aconsejada por algunos y desaprobada por otros. Ciertamente es difícil diferenciar por momentos la verdad de la mentira en esta avalancha de información que se sigue produciendo en torno a la covid-19.
Lo complejo es que las perspectivas de que estos fenómenos disminuyan es remota. En un mundo dominado por las redes sociales, ante la intensa producción de información que se transmite por tantos medios, es difícil pensar que existirá un control de esta etapa de desinformación que vivimos. Por eso ahora se ha acuñado el concepto de infodemia: el crecimiento de la ignorancia informada basada justamente en el exceso de información.
Para los que nos dedicamos a la educación, la lección es contundente: en esta época de infodemia importa menos ser transmisores de información y más enseñar a pensar por uno mismo y a discernir la verdad de la mentira. Como dice el dicho que se atribuye a Leonardo da Vinci: «Nada nos engaña tanto como nuestro propio juicio».
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