Tuvo como telón de fondo e instrumento articulador y operativo ad hoc la violencia institucionalizada a través de las milicias y posteriormente el Ejército constitucionalizado, que durante 500 años ha determinado el rumbo y la estructuración de la sociedad guatemalteca y ha incidido de tal manera que la misma sociedad, militarizada en su mayoría, lo sostiene, avala, justifica y apoya.
En un artículo anterior describí más o menos 13 hechos históricos en los cuales el Ejército actuó directamente. Me faltó uno importante: la república, creada y consolidada por otro militar, Rafael Carrera, el 21 de marzo de 1847. No son hechos coyunturales e improvisados. Al contrario, han surgido de toda una ideología y estructura que, a pesar de desplegar permanentemente la violencia estatal en la acción y en los imaginarios, ha tenido la capacidad de mantenerse como institución. Esa capacidad se entiende también como la de autopurgarse para apagar los fuegos y las contradicciones internas que surgen de intereses personales contrapuestos, y no por los sagrados intereses nacionales que dice defender.
Según Schirmer: «[El Ejército es] la institución más poderosa, menos investigada y menos comprendida de Guatemala»[1].
Los efectos de esa intromisión militar, determinante y calculada, son los cambios que no cambian nada acaecidos a lo largo de la historia, que nos han dado la falsa idea de ser parte de una nación, de un Estado, de la guatemalidad, de superar dictaduras, de vivir en democracia. Los hechos demuestran lo contrario, y los cambios que percibimos son los normales de cualquier sociedad, y no producto de la implementación de un proyecto de nación.
La primera modernidad, la revolución liberal de 1871 al amparo de los militares, cambió radicalmente el modelo agrícola productivo. Introdujo tecnología y avances legales y políticos que al final de cuentas consolidaron el surgimiento de la oligarquía cafetalera, la pérdida de territorios indígenas, la formalización del Ejército y la sumisión servil del indígena por medio de «atemorizar la tierra», como lo hizo Pedro de Alvarado[2].
La segunda modernidad, la revolución de octubre de 1944, logró, con el aval del Ejército, introducir cambios en el régimen laboral, la autonomía de instituciones clave y la democratización del poder. Sin embargo, la situación de los indígenas no fue abordada directamente y las condiciones de semiesclavitud en que los había sumido Jorge Ubico, el reclutamiento forzoso, etcétera, aún se expresan con pequeñas variantes en los sin tierra, en la pervivencia del mozo colono y, sobre todo, en la ausencia del Estado en los territorios. Pobreza, enfermedad, ignorancia y racismo son los signos de esa modernidad. Eso sí, el soldado indígena ha nutrido la base más discriminada y explotada del Ejército.
Se puede decir que la globalización trajo aparejada la tercera modernidad con el desarrollo de la tecnología de la comunicación, la imposición neoliberal de la dictadura del mercado y la pérdida de soberanía económica y política del Estado, los cuales echaron por la borda la transición democrática iniciada y permitida por el Ejército en 1985. La guerra y la paz controlada llegaron con el visado del Ejército.
Con el siglo XXI llega el destape de la corrupción militar y de las élites hegemónicas. Pero, más preocupante, se destapa la profunda división ideológica, cultural, territorial, política y económica de la sociedad guatemalteca: los que mandan y ganan y los que obedecen y pierden. Vimos entonces militares y poderosos empresarios coludidos para usar los mecanismos institucionales y legales del Estado en el afán de perpetuar privilegios coloniales y acrecentar su poder económico y político. Este poder, en la medida en que aumenta y se concentra más, necesita más control sobre la población y los territorios, es decir, militarizar los territorios y las mentalidades sin importar el alto nivel conflictivo que se vive en las comunidades y las ciudades. El conflicto es inducido desde los centros de poder y en consonancia con los intereses de las élites, que ahora, con la importancia de la globalización, se apoyan en los empresarios de los poderosos medios de comunicación.
(Continuará).
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[1] Schirmer, Jennifer (1999). Las intimidades del proyecto político de los militares en Guatemala. Guatemala: Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso.
[2] H. Lutz, Christopher et al. (2016). Atemorizar la tierra: Pedro de Alvarado y la Conquista de Guatemala (1520-1541). Guatemala: F&G editores.
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