Ese sentimiento solo se repite entre cinco y seis años más tarde. Entonces está asociado a otros dos sentires: satisfacción y empoderamiento. Se trata del día de su graduación. La toga, el bonete y la beca o esclavina, en algunos atuendos académicos acompañados de muceta, anuncian a su familia y a la sociedad su grado y su título académico.
Entre uno y otro momento coexisten con su espacio/tiempo desvelos, alegrías, lágrimas a veces, frustraciones temporales, regocijos imperecederos y sobre todo de aprendizaje teórico y práctico que va moldeando la personalidad, el carácter y la tesitura del futuro profesional.
En ese lapso, como en un vuelo de aeronave, debe de cuidarse mucho el decolaje (despegue) y el aterrizaje. Quiero entonces en este artículo, dedicado a las y los jóvenes de primer ingreso, compartir –a manera de bienvenida– acerca las priorizaciones que deben tener para que su primer ciclo (el despegue) sea exitoso.
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La organización de su tiempo. Deben tener en cuenta que su manejo no será como el del último año de su ciclo diversificado (último de la educación media). La universidad exige mucho más y por ningún motivo pueden descuidar su agenda y sus tareas. Un desliz puede ser catastrófico y nadie entra para perder.
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Deberán crear redes sociales diferentes a las que tenían en la educación media. La relación personal es muy importante y es indispensable saber con quién establecer nexos. Esta sugerencia vale desde los nuevos grupos de amistad como aquellos que impliquen trabajo conjunto e incluso priorizar con qué profesores/profesoras relacionarse más frecuentemente.
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Hay un dicho que reza: «No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy». Con respeto de la autoría yo lo redefiniría así: «No puedes dejar para mañana lo que debes de hacer hoy». Acumular trabajos es procrastinar y la procrastinación nunca va de la mano ni con la academia ni con la investigación.
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Tampoco deberá aislarse social ni familiarmente. Se trata, más bien, de dosificar los tiempos de convivencia, diversión y ocio sano, teniendo en cuenta que dicha dosificación será considerablemente menor que la que se tenía en la escuela secundaria (educación media).
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La universidad (en tanto se esté en ella como alumna/alumno o como docente) no es compatible con las fiestas semanales, el alcohol, los vicios y costumbres no saludables que haga derrapar a quien las practica hacia un fracaso temprano.
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La universidad debe gozarse, no sufrirse. Yo nunca he visto a un niño llorar o quejarse porque le regalaron una bicicleta o el juguete que deseaba. Si una o un joven llega a la universidad es porque así lo quiso y debe gozar cada instante. Hay otro dicho (muros adentro) que dice: «Un estudiante triste es un triste estudiante».
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A la universidad no se llega (como he oído algunas veces) «a ver que pasa…». Si se llega con esa actitud de incertidumbre, mal se está empezando. A la universidad se llega «a hacer que pase». ¿Que pase qué? Pues, nada más ni nada menos que la construcción del propio futuro.
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Honrar el trabajo que los sostiene. Sea propio, sea de los padres, los hermanos o las personas (fundaciones incluidas) que les permite estudiar y ser parte de ese mínimo porcentaje de la población que logra llegar a las aulas universitarias. No se vale malgastar el tiempo y el dinero que se invierte, sea propio o ajeno. Se trata del futuro personal y también de la sociedad a la que se pertenece.
Así pues, con esa seriedad alegre que debe caracterizarnos, ¡bienvenidos a su primer ciclo de la educación superior!
Se les recibe con un abrazo fraternal.
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