Durante los 90 trabajé para una ONG de cooperativas gringas dedicadas a la electrificación rural en Centroamérica, el Caribe y África, sobre todo a través de cooperativas y empresas de amplia base. Los gringos que conocí tenían una orientación social asistencial, eran demócratas y muchos habían estado en el Cuerpo de Paz. Esto reforzó mi imagen del «gringo bueno».
También estuve siempre consciente del papel imperialista del gobierno de los Estados Unidos. Mi tesis de grado la hice sobre el desarrollo de la electricidad en Guatemala; se centraba en cómo el Departamento de Estado obligó a Estrada Cabrera a venderle la Empresa Eléctrica de Guatemala a la Electric Bond & Share, so pena de no mandarle los suministros esenciales para su operación. También me sigue indignando la intervención y manipulación de la CIA para derrocar al gobierno de Árbenz.
Esta contradicción entre el gringo bueno y el gobierno malo ha tenido explicaciones y justificaciones en mi mente. Razonaba que el complejo militar industrial los había metido a la guerra de Vietnam; que Nixon ganó las elecciones del 72 porque McGovern era un candidato débil; lo mismo pasó con Reagan y Carter; George W. Bush se robó las elecciones en Florida y Al Gore fue demasiado decente o débil para pelearlas. Los gringos seguían siendo en el fondo buenas personas, pero a veces se pasaban de confiados o elegían malos presidentes.
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Mis certezas experimentaron su primera resquebrajadura cuando escribí un artículo para la revista La Cuadra, titulado Y uno pluribi. Era un juego de palabras con el lema de los Estados Unidos, E pluribus unum que quiere decir «De muchos, uno», transformándolo en «De uno, muchos». La idea la tomé de un libro titulado Ecotopia, que hablaba de la secesión de California del Norte, Oregon y Washington para formar un país con orientación ecológica y de libertades personales. En mi artículo proponía que los Estados Unidos se dividieran en varios países medianos: Nueva Inglaterra, California, Medio Oeste, Sur, Sur Atlántico, etc. Esto diluiría sus pretensiones imperiales y nos daría vecinos exitosos, pero amables. Para mi sorpresa, a ninguno de mis amigos gringos de la Antigua le encantó y el editor de la revista suavizó cuanto pudo mis conceptos.
Me entró la sospecha de que hasta el más demócrata de los gringos prefiere seguir siendo parte de un imperio poderoso que pertenecer a un país mediano y exitoso. Quizás, en el fondo, casi todos los gringos eran republicanos, pensé. Tal vez a mí me había tocado conocer a los más liberales y además me había tragado sus buenas intenciones como evidencia de sus preferencias políticas.
Conocí excepciones. Mi compañero de universidad Charlie Smith estaba dispuesto a desmantelar el estado norteamericano. Hay muchos más, sobre todo en los movimientos radicales; veo con interés el resurgimiento de los Black Panthers como iniciativa de defensa ciudadana contra las agresiones del ICE, por ejemplo.
Aun así, no hay que olvidar varios aspectos fundamentales de la cultura de los Estados Unidos. Fue fundada sobre la base del genocidio de las poblaciones indígenas y la apropiación de sus tierras; casi exterminaron a los búfalos para quitarles el sustento. Construyeron su economía con el enorme apoyo de la esclavitud de poblaciones africanas y después de la mano de obra barata causada por la discriminación racista. La siguieron consolidando gracias al trabajo de inmigrantes hispanos mal pagados.
Trump epitomiza las características del americano feo. Es imperialista en forma descarada. Se metió a Venezuela a la fuerza, raptó a su presidente y ahora se quiere apropiar de Groenlandia. Es racista, misógino y enemigo de la libertad de género. Es materialista a ultranza y siempre está viendo qué puede ganar en lo personal.
Esto ha obligado a los gringos a verse en el peor de los espejos, pues ellos lo eligieron y muchos lo siguen apoyando.
Dice Kathleen Wallace: «Una de las principales razones [para que todos los gringos no estén protestando en las calles] es que este gran grupo «minoritario» que apoya al régimen [de Trump] es una parte muy importante de nuestro tejido nacional. Es difícil desmantelar algo que tomó muchos años construir: ser un populacho lamebotas, apoyador del imperio y obediente…Culpabilizador de las víctimas, todo con tal de proteger su tenue sensación de seguridad: si se ponen del lado de los opresores, jamás serán oprimidos»[1].
Los gringos se la pusieron difícil a sí mismos. Primero tienen que impedir que Trump manipule o cancele las elecciones de término medio en noviembre. Luego tienen que elegir suficientes representantes a las dos cámaras, sean Republicanos o Demócratas, para emplazar y juzgar a Trump por sus crímenes y desmanes. Después elegir a un estadista que los represente a lo interno y a lo externo. Están viendo en el espejo al americano feo y solo ellos pueden cambiar esta imagen.
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[1] https://www.counterpunch.org/2026/01/22/why-arent-all-americans-protesting/
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