En aquel tiempo yo tenía 19 años y Marvin algunos más.
Yo aún pensaba que quería ser auditor, él ya era papá de un niño y de un Festival de Poesía. Cuánto me alegra saber que, si solo uno de los dos tenía que mantener la coherencia en los últimos 18 años, haya sido él.
En ese entonces, creía que podía tener el cabello largo y que cambiaría al mundo con mi férrea oposición a comer en McDonald’s. Él nunca perdió el tiempo en explicarme que, en unos años, sería yo quien correría a recortarse el pelo, y que mi intento de anarquismo (siendo auditor) caducaría antes de que se pudra un BigMac. Más bien se ocupó de convencerme ―a mí y a los amigos con los que jugamos a ser los Detectives Salvajes― de que lo urgente era apostar por la poesía.
«La vida es hermosa, incluso ahora» decía aquel poema de Zurita que me regaló y que orgulloso pegué en mi primera computadora.
Él nos decía que ese año había que traer a 20 poetas del mundo ―el más cercano de El Salvador, el más lejano de Siria― y nosotros acatábamos. Tocaba puertas ofreciendo poesía y lograba que las abrieran. Nuestra tarea era guiar a esos poetas por las calles de Xela y dejar que la ciudad los impresionara, para luego ponerlos frente a un micrófono y dejar que devolvieran esa conmoción a la audiencia, a veces vecinos en la calle y otras, personas en una cárcel.
En cada viaje para organizar ese Festival su iPod marcaba el paso, siempre enchufado a la radio del Toyota Matrix azul. Ahí conocí a Aretha Franklin, Juan Gabriel en Bellas Artes, a Nina Simone y, sobre todo, a Fito Paez en aquel concierto en Madrid al que soñamos tanto haber ido. Era la primera vez que podía elegir el soundtrack de mi vida abrazado de aquellos amigos a los que aprendí a decirles «te quiero» sin avergonzarme.
Cada canción era una excusa para ahogarnos en nostalgia de eventos propios y ajenos. El corazón se nos desbordaba y había que sacarlo de alguna manera, yo opté por las fotos y ellos por crear sus poemarios. El único poema que escribí era muy malo, afortunadamente se extinguió con el papel podrido de una revista que ya no existe.
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Veo atrás y me sorprende que dedicáramos tantas horas a sentir nostalgia, como si en aquella época el tiempo sobraba. Si lo pienso bien, las horas corrían igual, solo supimos quedarnos callados esperando a que algún poema decidiera pasar frente a nosotros, y siempre aparecían. Alguno como las mariposas antes del fin del mundo de René Morales; el beso que casi fue de Yevgueni Yevtushenko, o el mismo cielo que pintó letra a letra Marvin en aquel poemario que creció frente a nosotros.
El año pasado Marvin casi muere y pasó por tratamientos que describe como la misma muerte. «En el infierno ―me dijo, hablando del Hospital San Juan de Dios― la luz nunca se apaga». Si hubiera muerto esta columna habría sido uno de los tantos homenajes post mortem que lanzaría al aire esperando que, de alguna forma, el código binario llegue a la otra vida.
No fue así. La vida sigue siendo hermosa.
Hoy puedo escribir alegrándome porque sigue aquí, porque hace poco pude verlo gritar cuatro goles del Xelajú, y porque hoy recibe el premio «Guillermo Heras» a la Gestión Escénica Iberoamericana por parte del Ministerio de Cultura y Deportes. Felicidades, Marvin, realmente te lo mereces.
Mientras escribo esta columna veo al lado un pequeño iPod que desempolvé hace poco. Llegué a él cansado del algoritmo que dejó de sorprenderme hace años mostrándome las mismas canciones de siempre, aunque en realidad, lo busqué como un intento de recordar aquel Toyota Matrix azul donde pasamos horas ofreciendo poesía.
Voy solo en el tráfico disfrutando mi selección musical y veo que el cable del iPod podría estirarlo para que los pasajeros de atrás puedan elegir la siguiente canción, pero atrás no hay nadie. Pienso en que ahora soy yo quien tiene una hija y en la paciencia que nos tuvo Marvin. Me pregunto cuándo fue la última vez que convencí a un joven de que lo importante es y será siempre apostar por la poesía. No lo recuerdo, alguna vez lo habré dicho, pero nunca los guié realmente como lo hicieron conmigo. Quizás estoy dejando que el tiempo corra demasiado rápido.
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