Hace dos semanas hablaba sobre como quería otra, profunda y radical, forma de ser, pero también, esta otra forma de ser que tanto anhelo ha de ser colectiva, ¿de qué sirve que yo encuentre otra forma en que mi esencia sea distinta a lo que es, si el resto del mundo, material e imaginario sigue igual? En mis columnas me he dedicado a tratar de hacer hoyitos en las narrativas personales (que son profundamente colectivas a su vez), a tratar de cuestionarlas, a cuestionar nuestra esencia, nuestro cuerpo, nuestro orden, nuestro deterioro o, incluso, a lo que no le prestamos atención. Allá afuera, más allá de lo que pueden describir estos símbolos que acordamos que representan letras y palabras, hay una pluralidad de experiencias y sensibilidades que no reconocemos.
No se trata solo de pluralismos de la experiencia o de la cultura humana, sino también de las plantas, los animales, los hongos e incluso de la microbiota que nos habita y hace posible la vida del cuerpo. Estas múltiples formas de existencia tienen sus propios símbolos y lenguajes; modos de comunicarse, de recibir información y de interactuar con el entorno. El micelio y los bosques son ejemplos de esa red. Todo está integrado: nosotras y nosotros también, aunque a menudo lo neguemos, formamos parte de este entramado de experiencias y reconocimientos.
[frasepzp1]
El mundo que experimentas es profundamente subjetivo: radicalmente diverso y múltiple. Sin embargo, la cultura que cargamos –la occidental, que nos hizo consumidores antes que personas– nos ha obsesionado con los espejos; con mirarnos tanto que las cosas pierden sentido y con buscar una sola verdad. Piensa, en este momento, en aquello en lo que crees con mayor fervor; en lo que consideras indudablemente verdadero. Ahora pregúntate: ¿por qué es verdad?, ¿de dónde proviene la información que lo confirma?, ¿por qué confías en ella?, ¿es, acaso, una experiencia cultural específica de tu contexto?
Porque muchas de las cosas que asumimos como parte esencial de lo que somos, como si fueran piezas instaladas de forma natural en el cuerpo, responden en realidad a entramados complejos de transformación cultural.
La religión, el lenguaje, el género, la economía, la idea de naturaleza, el poder político, las fronteras o la guerra –y tantas otras verdades que asumimos como propias– fueron antes discurso y socialización que hechos en sí mismos, verificables. Esto no significa que sean falsas ni que todo sea relativo. Son reales en la medida en que las experimentamos: aunque el dinero sea una invención, lo usamos y lo damos por sentado.No se trata, entonces, de vaciar de sentido la experiencia, sino de reconocer que está mediada por lo cultural, lo colectivo y lo corpóreo. Y, precisamente por eso, puede resignificarse, rehacerse, vivirse de otra manera.
Estas verdades son las que mantienen un sistema de precarización, de despojo, de miedo. Pero, para encontrar otra forma de ser, primero necesitamos abstraernos de nuestra narrativa personal y cultural. No es sencillo: esa abstracción ocurre mientras seguimos habitando el cuerpo y la cultura. Sin embargo, como siempre digo, todo empieza por observar y cuestionarse; por ser errores, pequeños glitches en el sistema[1]. Sé que es difícil abstraerse, es doloroso, el proceso de desapego es incómodo, pero, el truco de esto es el hacerlo de forma colectiva. Ocupar espacios para hacerlos seguros, perder el miedo a pensarnos de otra forma.
Esta abstracción del yo, del nosotros occidental, del que busca ser absoluto puede ser desafiado hoy gracias a la tecnología que ha definido nuestra vidas durante los últimos veinte años: el Internet. Quizás hace décadas el proceso de abstracción hubiese sido imposible, porque este requiere un constante influjo de información variada, plural, de distintas formas de ser, no solo humano, también ambiental, global, cultural, animal o vegetal. Hoy tenemos la oportunidad de abstraernos unas de otros a través de las complejas redes digitales; de aprender, en conjunto, a tomar distancia, a distinguir qué queremos conservar y qué vale la pena atesorar. Por medio de internet, las fronteras se desdibujan y podemos pensarnos como plurales, como multitudes.
Veo la liberación en un cambio cultural e ideológico, especialmente en quienes se piensan desde lo occidental. Está en cuestionarlo todo, incluso el propio concepto de pregunta; en perder el miedo a abstraernos, tanto en lo personal como en lo colectivo.
Hay, además, dimensiones que exceden el cuerpo, los nombres y el limitado espectro electromagnético que percibimos.
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[1] Legacy Rusell, Glitch Feminism: A manifiesto. 2020.
* Lean aunque sea la introducción, se las recomiendo miles.
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