La realidad es más variable de lo que a menudo se nos enseña a pensar. Es multimodal, relativa, situada, contextualizada, latente y sensible. Sin embargo, se nos ha enseñado a vivir —a desear vivir— de una sola forma, a no podernos imaginar siendo algo más, a no concebir otra forma de ser. Como somos —como se nos ha socializado para ser dentro de la lógica colonial-neoliberal— es una forma individualista y antiintelectual, diseñada para evitar que hagamos preguntas incómodas: interrogantes que se desarrollen en más preguntas, críticas que inevitablemente terminarán cambiando los privilegios de algunos y las priorizaciones de otros.
Y siento ser yo quien te lo tenga que decir, pero vivimos hipnotizadas e hipnotizados por nuestras narrativas personales, por nuestro ego, por espejos, por lo que se nos ha repetido que «es», y si no «es», entonces es justificable acosar, violentar, excluir y desplazar de la esfera pública a quienes quedan fuera de lo «correcto». Sé que no es sencillo tratar de salir de esta narrativa tan profunda en la que se vive: seguimos sujetas a lo material, al hambre, al tráfico, a un reloj que nos dice que ya vamos tarde, a todo un sistema cultural.
[frasepzp1]
Pero todo es un proceso lento y colectivo. Mi imaginación antropológica lo mira en dos procesos simultáneos. El primero: entrenar la capacidad de abstracción de los sistemas de significado que hemos creado. Pensar en el idioma, sus símbolos y lo que se reconoce a través de ellos como una larga construcción cultural que experimentamos de forma situada en el hoy, que solo hace sentido en relación con nuestro propio contexto lingüístico. A partir de entender que incluso la base de cómo entendemos el mundo es relativa, podemos empezar a entender(nos) bajo esa misma relatividad. Los postulados morales en los que crees de forma tan firme (como, por ejemplo, la moral cristiana absoluta) resultan ser parte de solo un sistema de creencias relativo a su propio contexto histórico, y para nada deben ser tratados como universales ni como algo cercano a ello.
El segundo: la observación y la sospecha. Cuestionarse con una curiosidad inmensa el porqué de las cosas, por qué están como están, por qué nos expresamos como nos lo hacemos, por qué tomamos este u otro rol dentro de nuestros espacios. Hay que cuestionarnos todo: ¿por qué le debemos lealtad al país?, ¿a nuestros padres?, ¿de dónde vienen nuestras creencias?, ¿cómo funcionan todos los sistemas que nos sujetan?
Reflexiona estas preguntas y discútelas, que lo maravilloso de esto es que, de forma colectiva, muchísimas personas se han dedicado a hacérselas y a ir excavando el origen de lo que construimos como verdad. La mayoría de estas interrogantes tienen respuestas que, ojo, constantemente tienen que ser cuestionadas con la misma fuerza que cualquier otra verdad formada. Los sistemas de conocimiento están basados en la confianza; es por eso por lo que necesitamos primero desarmar los sistemas de conocimiento que nos atan.
Una vez se alcance esta abstracción del yo personal y social, se debe crear tejido comunitario y colectivo, porque de nada sirve pensarnos y desafiar ideológicamente al sistema si el sistema mismo absorbe cualquier crítica que se le presenta. El cuestionamiento colectivo tiene que venir con una red de movilización y apoyo aún más grande: siempre crítica en sí misma, pero orientada a la emancipación de nuestros cuerpos, de nuestras sensibilidades y, sobre todo, de nuestra capacidad de imaginarnos de otra forma.
Yo quiero, necesito otra forma de ser. Llevaba años preguntándome por una tercera opción y hasta hace poco la descubrí en el libro Sobre el pensar intercultural-decolonial de Juan Blanco[1]. Llevo una vida entera queriendo otra forma de ser, una alternativa, una vida y un colectivo donde mi imaginación volase, donde mis peculiaridades no fuesen vistas como amenaza o algo por rechazar.
Necesitamos imaginarnos de otra forma, ser de otro modo y finalmente actuar en consecuencia: una más justa para todas y todos, una que trate de abstraerse y escapar de la narrativa que nos mantiene bajo la violencia, pero que también la replica. Quiero otra forma de ser, una que nos quite el miedo, porque la incertidumbre es aterradora, pero no estaremos en soledad. Apostar a ser de otra forma es querernos bien: actuar y abandonar la apatía, porque siempre habrá otra manera de ser, una más amable, más accesible e imaginativa. Una forma de ser distinta.
_______________________________________
[1] Juan Blanco, Sobre el pensar intercultural-decolonial: El proyecto intercultural-decolonial del pensamiento maya contemporáneo en Guatemala. Segunda edición. 2019.
Más de este autor