Una caminata semanal, los jueves, en ronda en la plaza cercana al centro del poder, era la protesta que se convirtió en marea. Como ellas, cientos de miles de madres, a lo largo y ancho de este resquebrajado continente, roturaron con sus pasos las calles de sus ciudades, los caminos y las veredas de sus aldeas.
Desde el Río Bravo hasta la Patagonia, pasando por Tapachula, del Poniente al Oriente de Guatemala, de punta a punta de El Salvador y Honduras, Nicaragua y Costa Rica. Cruzaron el Darién, caminaron por las montañas y los frondosos ríos de Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay, Uruguay, Venezuela, Brasil, Argentina. No hubo país en donde no hubiera un río de madres buscando a sus hijos. No hacía falta que llevaran el pañal-pañuelo porque la mirada de enérgica dignidad y dolor encapsulado era la misma sin importar el color de sus banderas.
Madres como Emma Theissen Álvarez, Emilia García, Blanca Hernández, Ruth Molina o Julia García y miles de miles más que marcaron sus pasos en búsqueda de sus retoños. Hermanas como Emma, Ana Lucrecia y María Eugenia Molina Theissen, Marylena Bustamante, Aura Elena Farfán, hijas, esposas, amigas, son parte de ese enjambre que teje la memoria y reclama una respuesta.
[frasepzp1]
Como en las ciudades de todos los países de este continente, esas madres y mujeres, en Guatemala y sus pueblos, han acumulado décadas buscando a sus hijas e hijos. El puñal del dolor clavado en su corazón sigue abriendo la herida desde el día en que sus seres queridos fueron arrancados del seno familiar. En cada hogar sigue habiendo un espacio vacío para la hija o el hijo que no ha retornado. En muchos lugares también hay un nuevo vacío con las madres que ya no están y partieron sin saber el destino de sus descendencias.
Durante décadas, esas madres vivieron las fechas especiales con el trago amargo del dolor acumulado. Con la tortura de la ausencia y la frustración por la impunidad y la falta de acción estatal. Pese a las órdenes de las sentencias internacionales, no hay manera de que avance la construcción de un banco genético a cargo del Estado. Tampoco un archivo funcional que dé cuenta de las decenas de miles de personas desaparecidas en Guatemala.
Todo lo que se conoce y resguarda ha sido iniciativa de grupos de familias, madres principalmente, que no bajan la guardia en la misión por encontrar a sus hijas e hijos y, muchas de ellas, también a sus nietas y a sus nietos. Sí, porque niñas y niños también fueron arrebatados de sus madres que habrán dado a luz en cautiverio y bajo tortura. Niñas y niños que seres mezquinos como la actual fiscal general de la república, María Consuelo Porras, usaron como mercancía. Niñas y niños arrebatados del seno de sus madres para intercambiarles por dinero.
Ahora que se conmemora el Día de la Madre en Guatemala y muchos países, habrá madres que no recibirán una rosa del retoño arrebatado. Para ellas, madres de todas las plazas del mundo, dejemos volar al viento un pañal-pañuelo blanco como símbolo de nuestro solidario abrazo a su lucha inquebrantable.
Nadie puede sustituir la ausencia que viven. Nadie puede llenar el vacío que siempre existirá en sus hogares. Pero miles de personas podemos aliviar un poquito su pena, con un abrazo hecho clavel y pañuelo.
Más de este autor