Y como estamos en el mundo de la automatización y digitalización de esta cuarta revolución industrial, a los tres minutos del lanzamiento de $Libra el presidente argentino la promocionó en X. Cuarenta y cuatro mil personas invierten en ella confiando en el nuevo mesías libertario por lo que el valor de $Libra crece exponencialmente, acudiendo a las reglas de la oferta y la demanda del mercado.
Resulta que los nueve creadores, propietarios del 87 % de las monedas (o tokens, como se les conoce en el mundo anglosajón), simplemente las venden. El precio de estas llega a cero, y los nueve fantásticos se quedan, olímpicamente, con 87 millones de dólares.
El hábil y hablador Milei, se arrepiente de su mensaje virtual y lo borra, con la excusa de «no haber interiorizado» adecuadamente en los pormenores de la operación. Se trata de una compra de moneda basura, que ha enriquecido a unos pocos, incluyendo a un asiático de nombre Julian Peh, que ha hecho gala publicitaria de sus visitas a la Casa Rosada en Buenos Aires, sede presidencial del gobierno federal argentino.
La prensa, como cuarto poder, ha venido navegando por las redes sociales y ha documentado continuamente, durante estos días, las asociaciones pasadas de Milei con centros de enseñanza para inversionistas digitales, que instruyen en la búsqueda de inversiones novedosas aprovechando las ventajas de las denominadas finanzas descentralizadas. Pero, ¿de qué se trata todo esto?
Los libertarios odian el dominio de los bancos centrales. El gran sociólogo Karl Polanyi, en su célebre libro La gran transformación: los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo, relata con detalle el lamento de figuras como Ludwig von Mises, padre del neoliberalismo contemporáneo, ante el derrumbe del patrón oro y la crisis de los llamados mercados autorregulados del siglo pasado, en plena era de la entreguerra.
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Polanyi señala que dichos mercados —hoy denominados descentralizados— nunca funcionan. Sus deficiencias, no solo en lo tocante a sus mecanismos internos, sino también en sus efectos (es decir, en lo que respecta a los más pobres), son tan grandes que se hace necesaria la intervención gubernamental. Además, el ritmo de cambio es de importancia crucial para determinar estos resultados. Eso nos lo dice el gran Joseph Stiglitz en el prólogo de una edición en español del libro de Polanyi, publicada por el Fondo de Cultura Económica.
Resulta, argumenta el autor, que para los economistas liberales, antes de la gran depresión de los años 30 del siglo pasado, la verdadera naturaleza del sistema internacional en el que el mundo vivía solo se advirtió cuando se derrumbó. Casi nadie entendía la función política de ese sistema internacional. El mundo de la moneda y los pagos era toda la base del sistema, y las crisis asociadas a ese mundo impactaban por todos lados. La creencia en el patrón oro era la fe de la época, comenta Polanyi.
Recordemos que toda moneda, aparte del deseo especulativo en su acaparamiento y retribución en forma de intereses, es una forma de pago. Y el intento fallido de Nayib Bukele, por ejemplo, en hacer del bitcoin un medio de pago está a la vista de los centroamericanos.
El derrumbe del patrón oro trajo así la aparición de los grandes burócratas internos y no digamos, los internacionales, incluyendo al Fondo Monetario Internacional. Además trajo dictaduras totalitarias y todo un nuevo orden.
Así, los libertarios también odian toda esa parafernalia burocrática, y hasta cierto punto tienen una buena dosis de razón; pero acuden a ella cuando sus empresas están al borde de la quiebra, y sus bancos sufren corridas de dinero. El balance debería ser una lección de la historia: es decir, controlar el poder de los burócratas y tecnócratas, pero no dejarse llevar por la influencia de los amiguetes y la especulación desmedida de las finanzas descentralizadas y los mercados autorregulados. La historia demuestra que estos últimos no existen, comenzando por el mercado laboral, que de mercado no tiene mucho.
La era bitcoin trae muchas acciones y conceptos novedosos. Por ejemplo, para pagar facturas, dar soporte a instituciones de caridad, hacer inversiones que están buscando nuevos mecanismos de seguridad y, además se trata de transacciones que muy bien pueden ser rastreadas por las administraciones tributarias, cuando se utiliza la ahora famosa Factura Electrónica —FEL—.
Las nuevas autoridades tributarias y monetarias de este mundo renovado de Inteligencia Artificial están estudiando las maneras de enfrentar los desafíos monetarios. Sin embargo, resulta vital estar al tanto de los múltiples fraudes y evitar caer en ellos. El mundo de las finanzas es algo así como la dinamita. El propio Alfred Nobel, en varias ocasiones, se arrepintió de su invento, a pesar de que, para abrir carreteras en terrenos montañosos, resulta ser una herramienta de alta productividad y ahorro de tiempo y esfuerzo.
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