Ayer se salvó milagrosamente, hoy deberá ver si podrá resistir el día siguiente. Y, si lo logra, no hay que alegrarse de más, porque aún faltan mañanas. Y mientras el país transcurre los días haciéndose los quites, su cuerpo social se debilita, se enferma, comienza a vivir en un permanente estado de alerta que, a unos, termina por anestesiarles todas las sensibilidades y, a los otros, los obliga a dejar de lado las acciones sobre aquello que habría que salvar.
Quién sabe si el libramiento de Chimaltenango, hecho con fondant, con el que se llenaba la boca aquel expresidente, no lleva en sí mismo el espíritu nacional. El de la ilusión de un problema finalmente terminado, el de la apariencia de que todo fluye, que se aprovecha el tiempo y se acortan finalmente las distancias.
Una ilusión junto a la que palpita el temor de que, un día cualquiera, la estructura caiga sobre algún conductor desprevenido, o bien deje el camino bloqueado hasta que venga un chapuz nuevo y jure que todo está arreglado, que podemos seguir avanzando, claro, hasta que haya que volverlo a levantar.
Luis de Lión / Hay una placa sucia sobre la esquina de la 2da avenida y 11 calle de la zona 1 en Ciudad de Guatemala. Hay, frente a la placa, una estación de la Policía Nacional, hay una historia. La del maestro de escuela, el escritor, al que, en ese punto, el 15 de mayo de 1984, se le perdió el rastro.
Hay una foto, una «captura», un código de muerte, un expediente militar que los consigna. Hay una casa en San Juan del Obispo en donde habita su memoria y su espíritu magisterial, en donde parecieran haber querido congelar un momento, su lugar de trabajo, su librera, su máquina de escribir, el suéter exactamente igual al que ese día se llevó.
[frasepzp1]
Hay una hija que mantiene ese espacio encendido, que mantiene la búsqueda, la esperanza de encontrarlo. Hay una ausencia que este mayo cumple 42 años. Hay poemas, relatos, una novela. Hay fragmentos de su palabra que en estos días vibrarán en otras voces. Habrá con ellos un gesto de rebelión, una breve victoria sobre la represión y la muerte. Hay, desde el Estado, un compromiso de reparación que sigue siendo una deuda pendiente.
Releer / Abro un libro conocido, ya he estado allí. No sabría decir mucho. Nuestro primer encuentro fue hace algún tiempo. Puedo dar algunas señales. Un personaje, quizá, un espacio, una sensación. Esas últimas son las que regularmente me llevan de vuelta. Como un ciego de la memoria, me dejo guiar por lo que alguna vez sentí, por el escalofrío, la emoción, la maravilla, el miedo.
Durante mucho tiempo no consideré releer. Sentía ansiosamente que había demasiado por delante, como para detenerme y regresar. Hasta que un día decidí hacerlo. Abrí el libro con la confianza de los viejos conocidos, y mientras me adentraba, reparé en que quizá, después de todo, no era el mismo libro que alguna vez leí. O que eran otros mis ojos, los que encontraban aquello que antes pasó inadvertido, o que se trataba de mi sensibilidad renovada ante sus estímulos. Así empecé a dudar de mi pasado lector, empecé a preguntarme si alguna vez podría volver a un libro y encontrarme con lo que recuerdo, o si es que su contenido ya es parte de todo lo que he ido perdiendo.
Así, desde hace algún tiempo, vuelvo a algunos libros conocidos, como quien decide ocupar un fin de semana para visitar a un familiar o un amigo que no ha visto. Quizá la relectura sea mi versión de la nostalgia, mi ansia de verme diferente en un mismo espejo, mi deseo de retener lo que de todas formas, en algún tiempo, voy a volver a perder.
Más de este autor