El marcador dice 1 – 0 y en un campeonato, lo que importa es el resultado. Pero aquí el equipo ilegalmente excluido dice otra cosa: fue un gol sucio, los contrincantes jugaron solos, metieron el gol con la mano y el árbitro hizo como que no vio nada. ¡Prefirió lavarse las manos antes que hacer respetar el reglamento que supuestamente debe defender! La expulsión arbitraria no es un detalle técnico ni un daño colateral, es una violación abierta del derecho a jugar.
En cualquier torneo serio, cambiar las reglas cuando está a punto de iniciar el partido invalida el resultado. Pero aquí se nos pide que aceptemos el gol y que «sigamos participando» como si nada hubiera pasado. Aunque sabemos que la jugada fue ilegal, que el árbitro estaba amañado, que «hubo mano» para que el balón entrara al arco. Nos dicen: ¡Que siga el juego disfrazado de formalismo jurídico y con el silencio cómplice de la institucionalidad!
Lo que duele, y hay que decirlo, no es solo la derrota de este partido, sino que se tome al equipo y a su hinchada como participantes de segunda categoría, y, lo que es peor, que pretendan que se nos haga «normal» el abuso, que se nos llame a resignarnos, que nos capturen las ganas de seguir jugando. Indigna que no nos hayan dejado jugar, pero más aún su frialdad cínica, como si excluir fuera una falta menor o un simple ajuste táctico.
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Pero en el fútbol, como en la política, un partido no define el campeonato. Lo define si los equipos no hacen algo para exigir que se respete el reglamento, si aceptamos este resultado sin organizarnos, si dejamos pasar la trampa como una anécdota. Y aquí es donde este equipo lanza la alerta, hoy robaron este equipo, pero mañana será a otros, porque van a intentar algo peor en el próximo encuentro, con nuestro equipo o con los otros que participan en el torneo. Y, al final, van a lograr dejarnos fuera y alzarán la copa, como si se la hubieran ganado en buena ley. Si hoy aceptamos con la boca cerrada que pueden torcer las reglas sin costo, no se van a detener y vamos a perder toda posibilidad de seguir en esta contienda.
No es un «picadito» del barrio, ni siquiera un torneo gremial, aquí estamos compitiendo por la clasificación al mundial, por el premio mayor, por el ascenso al podio. En este campeonato, el equipo de «los afines» (sí, ese mismo que algunos despreciaron y caricaturizaron por no ser reconocido, aunque llevamos años compitiendo) tiene sus potencialidades. Somos quienes sabemos leer el partido completo, quienes identificamos las faltas sistemáticas, quienes advertimos, como ahora, cuándo el árbitro deja de ser neutral y se toman los reglamentos como si fueran letra muerta.
Si se salen con la suya y definitivamente nos excluyen de esta copa, tendremos que hacernos cargo de algo más profundo, no se quiere en la competencia un equipo que fomente el pensamiento crítico, que analice las jugadas, se prefiere un juego torpe y amañado donde ganan los mediocres porque a los otros equipos se los expulsó del juego.
¿Qué toca hacer, entonces? En lo inmediato, no aceptar el marcador como legítimo, no callar ni aceptar sumisamente el resultado, nombrar la trampa, explicar las jugadas y dejar constancia de que este gol no fue limpio. En el mediano plazo, seguir organizando al equipo, salir del aislamiento, tejer alianzas, convocar a la afición democrática que entiende que sin reglas claras no hay juego posible. Además, exigir que se defienda el reglamento, insistir en que las normas no son un adorno que se cambia por otro cuando no le conviene a quienes quieren ganar. El reglamento es la base del campeonato. Y, por último, prepararnos para los próximos partidos.
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