El entorno de la plática fue una tarde lluviosa y un cafetín diseñado como para filosofar. Dio paso al coloquio una serie de comentarios relacionados con la caótica situación sociopolítica que se vive en Guatemala por falta de un liderazgo legítimo y certero, entre otras causas.
Para no dejar las ideas dispersas nos propusimos listar un summum de las opiniones, el cual traslado hoy a mis lectores de acuerdo con lo pactado con los jóvenes en proceso de graduación.
Primero enumeramos algunas posturas que se confunden con liderazgo y describimos qué no es liderazgo. Colegimos que líder no es el más gritón ni el más mandón ni la persona que juega yoyo a diestra y siniestra (yo hago, yo hice, yo soy). Tampoco lo es quien cree saber más que los demás ni quien impone sus ideas a fuerza de argumentos falaces (verbigracia: supremacía racial, económica, política, religiosa o de cualquier otra índole).
Después expresamos —más allá de trillados escritos sobre liderazgo— las características que a juicio de cada uno debe tener un líder. Sobresalieron la capacidad de discernimiento, el saber cuándo intervenir y cuándo guardar silencio, el saber darle a cada quien los créditos de lo obrado en un proyecto o en una institución, tener una saludable inteligencia emocional, la cualidad de la humildad para dejarse retroalimentar por sus superiores, dejarse aconsejar por sus pares y escuchar a las personas que dirige. Ni qué decir en cuanto a que el líder debe pivotar en los contextos de la legalidad, la justicia y la moral. Y no faltó en la lista la capacidad de tolerancia.
Pasamos después a manifestar las actitudes que le impiden a una persona ser un líder auténtico. Aquí se resaltaron algunas condiciones de las cuales yo ya había oído en algún movimiento eclesiástico. Entre ellas, la actitud de una insana neutralidad que se confunde con la imparcialidad. También la actitud de la excesiva precaución (atrás de este talante siempre hay una personalidad que actúa en orden a sus intereses, exclusivamente). Se habló de la actitud de quien empuja desde el anonimato o la retaguardia (la cobardía es su basa). Y para concluir este segmento se arguyó acerca de la personalidad indiferente y con una total ausencia de ideales.
Al anterior segmento decidimos nominarlo las enfermedades del liderazgo porque nadie está exento de contraerlas por alguna circunstancia de apremio que se pueda vivir en algún momento.
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Vino después una pregunta muy importante: «¿Hasta cuándo o hasta dónde debe el líder tolerar situaciones incómodas?». Quien la formuló se refería al peligro de la permisibilidad (que significa tolerancia excesiva). A esta cuestión me permití responder como me enseñó un jesuita: «La tolerancia llega hasta donde la dignidad limita». Y no solo la dignidad personal, sino también el decoro institucional. En ello fui contundente porque muchas personas confunden la tolerancia con el miedo y ponen en riesgo no solo la reputación de sus prójimos, sino también el prestigio de las instituciones a las cuales se deben.
La luz solar se hundió detrás de la sierra de Chamá y dispuse cerrar el diálogo hablándoles a los futuros graduandos acerca de una de las dialécticas del baile llamado la Gigantona y el Enano Cabezón (actualizado al siglo XXI). La danza tiene origen colonial, y tuve la oportunidad de vivenciarla en León, Nicaragua. La Gigantona personifica a la poderosa mujer española (lujosamente ataviada), y el Enano Cabezón representa al indígena subyugado que, a pesar de su tamaño, baila a la par de la Gigantona. Y hay un personaje más: el Tamborero. Este casi no se ve, pero, cuando hace redoblar su tambor, la Gigantona danza (al son que le toque) y el Enano Cabezón baila a la par haciendo mofa de ella (incluso por la vestimenta occidental que utiliza). Interesa saber que el Tamborero es un líder nato en el imaginario del pueblo. Mueve a una y a otro con todo y sus representaciones y tiene el mando y el comando del escenario sin figurar como una prima donna. Ni qué decir que hay otras explicaciones del baile, pero el liderazgo es omnipresente.
Cumplo entonces lo acordado con mis interlocutores el martes 19 de los corrientes. Lo conversado no voló al mundo etéreo. Hasta la próxima.
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