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«Era más seguro estar en el hospital COVID»: Un año de pandemia

Los grupos más conflictivos fueron los migrantes, no por simple capricho, sino porque estaban confundidos.
«Estamos recibiendo familias enteras porque fueron a una boda, a una pedida de mano o una reunión pequeña»
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«Era más seguro estar en el hospital COVID»: Un año de pandemia

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Una doctora y un intensivista estuvieron entre los primeros de la primera línea en el Hospital Temporal de Quetzaltenango. Aprendieron a colocarse el traje de protección en tutoriales de YouTube porque nadie sabía cómo hacerlo. Ahora, un año después, los médicos pueden decir que superaron el estrés por estar todos los días cerca del virus, pero les frustra la gente que perdió el miedo a la pandemia. Hoy el hospital en el que atienden a pacientes críticos otra vez está saturado.

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En el futuro la pandemia por COVID19 podrán retratarla con íconos que conmemorarán los días de encierro total, un rollo de papel toilet, una mascarilla, o dos manos frotándose para producir espuma. José Manuel Silvestre, jefe del área de Intensivo del Hospital Temporal de Quetzaltenango, y uno de los primeros en atender casos positivos en el país, ya tiene el propio: Un pequeño bote de alcohol que lleva en el bolsillo desde hace un año. Dice que lo enmarcará para exhibirlo en su casa como lo haría un veterano con una bala que esquivó durante la Segunda Guerra Mundial. Es el mismo recipiente que utilizó desde el inicio de la pandemia en Guatemala y con el que desinfecta todo ahora que hay un repunte de casos, aunque esta vez considera que son más graves en comparación a la primera ola.

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Junto con Emilsen Robles, doctora a cargo de los pacientes moderados de ese hospital, narran cómo fue ingresar por primera vez a una sala con pacientes con COVID19: El estrés que los hacía sudar y nublaba la vista (empañaban los lentes), y el aislamiento al que tuvieron que entrar para no poner en riesgo a familiares.

Los sentimientos variaron con el tiempo. Al inicio era estrés, entre julio y agosto agotamiento por el exceso de pacientes, y hoy es frustración porque los más graves suelen llegar después de haber asistido a una boda, una pedida de mano o una «pequeña» reunión familiar.

En el punto más alto fueron 24 pacientes críticos al mismo tiempo, pero las instalaciones están diseñadas para 12. La saturación era tanta que los médicos decidieron turnar el oxígeno. «Un paciente por la mañana y otro por la noche», dice Robles. «Médicamente no es lo más recomendable… pero en tiempos de guerra toca improvisar», complementa Silvestre.

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El ritual de la protección

«La primera vez que me puse el traje de protección tardé entre 45 minutos y una hora», dice Robles recordando lo extremadamente lento que era todo. Hoy le produce risa contarlo, pero en ese momento todo era estrés. No hubo quién la guiara, sus maestros fueron los videotutoriales que explican cómo sellar un traje protector. Memorizó paso por paso y los repetía para estar segura de que no los olvidaría, pero ninguno la preparó para que, al estar bien protegida, los lentes empezaran a quedar nublados por el sudor que le provocaban los nervios.

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Al inicio era tan poco lo que sabían que fueron ellos quienes crearon los protocolos para entrar, salir, recibir pacientes, evaluarlos y procurar una pronta recuperación. El equipo estaba conformado por Silvestre y otros dos médicos intensivistas, un neumólogo, un infectólogo, y Robles de medicina interna, además de 16 médicos generales. El centro hospitalario lo construyeron en el Centro de Ferias y Mercadeo de Quetzaltenango (Cefemerq) y lo inauguró Alejandro Giammattei el 2 de abril, día que Guatemala registró 6 casos positivos. Las labores iniciaron formalmente hasta el siguiente mes.

Colocarse el traje fue una rutina que requería desinfección en cada movimiento. Recibían los utensilios de protección en una bolsa. «Nos los entregaban y uno decía ¿y si quien lo empacó tiene COVID? Mejor lo desinfecto» recuerda Robles. La prevención implicó recibir el paquete y desinfectarlo, abrirlo y desinfectar su contenido, buscar un espacio para poner los accesorios (pero desinfectarlo también), sacar todo y desinfectar las manos. Luego empezaban a vestirse.

En situaciones normales los lentes empañados no eran un problema, solo necesitaban secarlos y listo, de vuelta al trabajo. En un hospital para tratar a pacientes con COVID19 eso era imposible. Quitárselos era romper la protección que los mantenía a salvo. ¿Qué opción quedaba? Esperar a que las microgotas de sudor se agruparan para formar una mayor, que cayeran por su propio peso y limpiaran el visor, o al menos dejaran una línea que les permitiera ver.

Como si el estrés inicial no fuera suficiente, días después de iniciadas las labores la lluvia colapsó los canales del hospital improvisado. El agua cayó como cascada por una pared y tuvieron que mover a los pacientes moderados. «A nosotros nos tocó limpiar a puro escobazo», recuerda Silvestre.

«Llegué a ver hasta 90 pacientes al día. Trabajaba de 7:00 de la mañana a 2:00 de la tarde. No era normal. No salía porque no podía quitarme el traje ni para comer ni para mis necesidades fisiológicas», recuerda Robles. 

«Todo lo puedes en YouTube… pero nadie te dice que los lentes se van a empañar, nadie», dice Silvestre recordando la primera vez que utilizó el traje de protección. En una ocasión tuvo que realizar un procedimiento para extraer líquido encefalorraquídeo de la columna de una paciente. Al entrar a la sala el calor hizo que los lentes quedaran nublados, con paciencia esperó a que la humedad formara gotas más grandes que cayeran, recolectaran el sudor a su paso y poder ver. A través de esas dos delgadas líneas y con tacto (sobre todo con el tacto) encontró el punto de la columna e insertó la aguja. Terminado el procedimiento salió de la sala tocando la pared como un ciego.

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Adentro era menos peligroso

- ¿Por qué aceptaron trabajar en el hospital COVID cuando a todos nos daba mucho miedo la pandemia?

- Silvestre: El primer caso que conocí provenía de Malacatán. En ese entonces apenas nos protegíamos con mascarilla y unos guantes, eso era todo. Lo vi desde lejos y sus síntomas no coincidían con otras enfermedades. Cuando confirmamos que era positivo (por diagnóstico, para entonces no había pruebas), varios doctores tuvieron contacto con él. Me puse a pensar que si estaba viendo pacientes con la protección mínima, en el hospital temporal seguiría atendiéndolos pero con mejor protección. Era más seguro estar en el hospital COVID.

A Robles también la motivó saber que estaría protegida. Cuando los contrataron les prometieron que tendrían equipo de protección. Además, fue la curiosidad científica la que los impulsó a aceptar este trabajo, pero haber sido los primeros de la primera línea en Quetzaltenango implicó muchas cosas: trabajar más horas de lo normal, ansiedad, incomodidad y, sobre todo, aislarse de la familia. Robles dejó de visitar a sus padres y Silvestre optó por rentar un apartamento.

No todo era malo durante los toques de queda decretados por Alejandro Giammattei. Por ejemplo, Robles podía estar con un paciente crítico en menos de cinco minutos porque el tráfico habitual no existía y la carretera estaba solo para ella.

Ambos coinciden en que nunca les hizo falta equipo básico. Pasaron por crisis por la falta de equipo especializado, pero el elemental siempre lo tuvieron a mano. Eso sí, aclaran, solo pueden dar constancia del Hospital de Quetzaltenango.

A nivel nacional la disponibilidad de insumos no fue tan segura. Por ejemplo, en marzo de 2020 Plaza Pública publicó cómo el Ministerio de Salud adjudicó bajo la modalidad de «estado de calamidad», es decir, sin la necesidad de un concurso, una compra valorada en Q19 millones para adquirir 500 mil ampollas de metilprednisolona succinato, un medicamento para pacientes críticos. En ese momento no estaba claro si era efectivo para tratar el COVID19. La cartera anuló el contrato aduciendo que hubo un error, que en realidad no necesitaban 500 mil sino solo 5 mil.

Esa cartera también canceló la compra de 15 millones de mascarillas con el logo del Gobierno, por su parte el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social anuló la construcción de un hospital temporal que costaría 17 millones. A esto se suma las constantes protestas porque el personal en estos hospitales no recibía su pago a tiempo o lo acreditaban varios meses después.

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Migrantes confundidos

Al inicio la instrucción era enviar a cuarentena a todos los casos positivos y eso los saturó. Los grupos más conflictivos fueron los migrantes, no por simple capricho, sino porque estaban confundidos.

Hasta antes de la pandemia, el retorno de migrantes a Quetzaltenango pasaba inadvertido. Si ponías atención, era frecuente ver buses que llegaban al monumento a la Marimba y de él descendían personas, con pocas o ninguna pertenencia, algunos desorientados, que se diluían entre las calles.

El 4 de abril de 2020 el alcalde de Quetzaltenango, Juan Fernando López, prohibió el ingreso de buses con personas retornadas desde México. El anuncio provocó que los vecinos, asustados por el virus, también exigieran que las sacaran.

Los retornados que recibieron antes en el Hospital Temporal «decían que los tratábamos mal, que no querían estar ahí. Querían escaparse. Mejor ni los tocábamos», recuerda Robles. La razón de esta actitud era que estaban confundidos. Los protocolos dictaban que para poder darles de alta debían tener dos hisopados negativos seguidos, pero muchos no mostraban ese resultado, uno salía positivo y el otro no. «Me decían que ya habían dado positivo, cuestionaban por qué los tenía ahí. La mayoría era asintomático».

Las disposiciones del alcalde cambiaron el 15 de abril. En vez de internarlos en el hospital, los trasladaron a la casa de descanso para trabajadores «Atanasio Tzul», en la zona 11 de Quetzaltenango. Dos migrantes escaparon del lugar y eso puso en alerta a los vecinos. Videos y fotografías muestran cómo rompieron el toque de queda y armaron una cacería bastante contradictoria: si lo que querían era estar lejos de personas portadoras del virus, se estaban aglomerando para atrapar a una (y por tanto tener contacto con ella) y luego expulsarla. La trifulca fue disuelta con fuerzas antimotines.

El estigma era fuerte. «Tuve una paciente que dimos de alta pero no quería salir porque sabía que en su comunidad no la iban a recibir, creían que los iba a contaminar a todos. También hubo otra por la que tuvimos que llamar a su familia y explicarles que ya no era un riesgo», recuerda la doctora.

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Los días más pesados

«Si dábamos salida a dos pacientes y entraban cuatro… ahora llegan más graves que el año pasado», cuenta Robles al hablar de los días más pesados del Hospital Temporal en Quetzaltenango. Ocurrió entre julio y agosto. Por decreto presidencial las medidas restrictivas quedaron suspendidas el 27 de julio.

La diferencia entre los casos que atendían entonces y los de ahora es que esta vez necesitan más oxígeno por tener más complicaciones. Al inicio por la alarma cualquier síntoma era motivo de consulta «y muchos médicos ni daban su número de teléfono porque no los querían atender», cuenta Robles. Eso motivó a la población a acercarse pronto a un centro de salud para evaluación y tratamiento. 

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Silvestre no puede contar tantas historias pues, por ser responsable del Intensivo, lo usual era que quienes trataba no pudieran hablar, pero sí tenían rostros de desesperación por no poder respirar.

En esos meses hubo un momento en el que tuvieron 24 pacientes en estado crítico, las instalaciones están diseñadas para cuidar a 12. «Los encuachábamos», dice Silvestre. Tuvieron que turnar el oxígeno y esperar a que una toma quedara libre para auxiliar a otro paciente. «No es la mejor opción porque hay lineamientos específicos, pero hay videos donde sugerían conectar tres o cuatro pacientes a un mismo ventilador. No es plausible desde lo médico porque cada uno necesita uno propio, pero en situaciones de guerra tenés que ver cómo te la arreglás para sacarlos», cuenta.

Este desborde afectó al equipo médico. Robles logró soportarlo gracias a terapia psicológica y las llamadas constantes de su familia. Siempre tenían miedo de contagiarse, o peor, que un colega diera positivo. ¿Qué hacían si eso ocurría? ¿Ponían en cuarentena a todo el equipo con el habían tenido contacto? Hacerlo implicaba que alguien más cubriera el turno, pero afuera no había médicos haciendo cola para trabajar en el Hospital Temporal.

Guatemala registra 6,446 fallecidos. El 11 de julio de 2020 fue la fecha con más personas muertas por el virus: 73 solo ese día.

En cuanto a casos confirmados, el mayor pico quedó registrado el 30 de junio, con 1,650 pruebas postivas. El siguiente pico fue el 4 de enero con 1,113, según el tablero del Ministerio de Salud.

Robles y Silvestre estaban agotados durante los primeros meses de la pandemia, ahora están frustrados. Los casos positivos se mantienen igual desde hace dos meses, entre 500 y 680 por día. En el Hospital Temporal de Quetzaltenango los casos que reciben están saturando el Intensivo. En un espacio para 12 pacientes críticos al cierre de esta nota había 18. Eso no ocurría desde agosto del año pasado.

«Estamos recibiendo familias enteras porque fueron a una boda, a una pedida de mano o una reunión pequeña», dice Robles. Silvestre entiende que la gente quiera relajarse para evitar estrés colectivo, pero lo que ha visto ha sido más bien imprudencia de parte de la gente.

«Después de un año estamos agotados mentalmente y físicamente. Ver que regresamos a esto y cada vez más grave es desgastante y frustrante», dice Robles.

Aunque lo más grave de la pandemia «ya pasó», o más bien, las medidas restrictivas ahora son menores, Silvestre mantiene distancia con su familia «como si yo fuera leproso» bromea, pero los entiende. «Si uno es el que fallece pues está bien, es uno, pero si fuera mi familia eso no me lo permitiría».

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Durante toda la entrevista el pequeño bote con alcohol estuvo a la vista, como un pequeño guardián listo para matar bacterias cuando lo requieran. Silvestre ya recibió la primera dosis de la vacuna, pero sabe que el hábito de bañarse tres o cuatro veces al día y lavarse las manos unas 20 lo acompañará por largo tiempo.

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