En el primero se contrastan los esfuerzos que ha hecho el Gobierno para contener el avance del virus. Se refiere a las restricciones impuestas, pero también advierte de esa falta de conciencia de muchos guatemaltecos ante la gravedad de la situación y afirma que miles «no se sienten corresponsables de lo que pueda suceder».
En el segundo, los obispos católicos muestran su preocupación por la situación de millones de guatemaltecos que están inmersos en la economía informal y dependen de ella. Reconocen la iniciativa del Gobierno en cuanto a ayudarlos con un subsidio y también previenen acerca del riesgo de un manejo opaco de ese subsidio y de la posibilidad de que no vaya a llegar a los más necesitados.
En el tercero previenen acerca de los miedos: miedo al contagio, miedo al confinamiento y miedo al desabastecimiento. Apelan a la solidaridad y señalan como ejemplo el caso de Patzún, donde la recaudación de alimentos por municipios aledaños está mitigando la necesidad y la pobreza de quienes están más aislados.
El cuarto es el más fuerte. De una manera inusual (y como solo la veíamos en los comunicados de las conferencias episcopales de los años 80 y 90 del siglo pasado) se denuncia fuertemente la deleznable actitud de los Gobiernos de Estados Unidos y de México en relación con la deportación masiva de guatemaltecos y hondureños. Un fragmento del numeral 4 dice textualmente: «¿Cómo es posible que tanto el Gobierno de los Estados Unidos como el de México sigan con estos procesos de deportación en medio de la crisis que nos golpea en el contexto de una precariedad nacional en términos de servicios de salud y de estrategias contundentes para contener la pandemia?». Y en el numeral 5 le reclaman al Gobierno estadounidense: «¿Cómo es posible que ahora sean echados de los Estados Unidos todos estos conciudadanos que han trabajado honradamente favoreciendo la economía norteamericana, aunque su estatus no sea considerado legal? ¿Ahora ya no les son útiles a la sociedad norteamericana, particularmente si han contraído el coronavirus?».
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(Hago una pausa para agradecer a los obispos su valentía).
Pero el jalón de aire no fue solo para los gobernantes de Estados Unidos y México. El quinto escenario nos concierne a nosotros, los guatemaltecos. El numeral 5 reza: «Pero no se trata de ver la paja en el ojo ajeno cuando nosotros mismos aquí en Guatemala somos testigos de la falta de solidaridad de aquellas comunidades que no han permitido el reingreso de sus paisanos. Cuando les enviaban las remesas, los felicitaban y alababan. Ahora que regresan deportados, sin ningún dólar en la bolsa, son discriminados y rechazados. ¿Es esto cristiano? ¿Es esto solidaridad nacional?».
(Hago otra pausa para agradecer a los obispos ese llamado de atención a tantos cristianos, muchos de ellos católicos).
Antes de concluir, los obispos reconocen el esfuerzo que a nivel nacional están haciendo las autoridades, el personal de salud y también aquel segmento del pueblo de Guatemala que muestra, en las horas más tristes, sus mejores rasgos y valores.
Finalmente, elevan su voz profética y de pastores. En el numeral 10 demandan: «Sin considerarnos los mejores diplomáticos o políticos, porque no lo somos, sí queremos alzar nuestra voz y pedir a los Gobiernos de Estados Unidos y de México que, en el nombre del pueblo que sufre, detengan esas deportaciones».
Más no se puede pedir ni comentar (con relación al comunicado). Por eso expresé en la entradilla que este era claro y contundente.
Ahora, como guatemalteco que soy, me pregunto: ¿será acaso el momento de que conozcamos qué firmó el gobierno de Jimmy Morales en relación con esas negociaciones de las cuales (según medios internacionales) el mismo Donald Trump «aseguró que se trataba de un acuerdo de tercer país seguro?».
Por favor, estimados lectores, mantengamos la fe, la esperanza, la solidaridad y, aunque nos cueste mucho, el confinamiento en nuestras casas.
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