Según el Diccionario de psicoanálisis de Jean Laplanche y Jean-Bertrand Pontalis, las compulsiones pueden definirse así: «Tipo de conductas que el sujeto se ve impelido a ejecutar por una coacción interna. Un pensamiento (obsesión), un acto, una operación defensiva, o incluso una compleja secuencia de comportamientos, se clasifican de compulsivos cuando su no realización se siente como desencadenante de cierto grado de angustia» [1].
El antropólogo Carlos Rafael Cabarrús explica las compulsiones desde las heridas internas que el ser humano sufre durante su niñez y las caracteriza así: «Un mecanismo psicológico inconsciente y contrafóbico que brota de los miedos; es decir, la compulsión es un comportamiento contrario al miedo, que pretende que la amenaza que le provoca ese miedo no se cumpla. Son actos repetitivos con los que se intentaba escapar de los miedos. Sin embargo, “son crónicas de una muerte anunciada”: finalmente llevan al miedo que las originó. ¡Es justamente la compulsión la que hace que el miedo se haga realidad!» [2].
En el texto anterior también se explica esto: «Existen muchas compulsiones como la búsqueda de placer, la postura del pacifista enajenado, el individuo que se muestra como extremadamente servicial» [3] y otras de las cuales hay sólida aunque no abundante bibliografía. Pero me referiré a la búsqueda de poder como respuesta a una petición. Se trata de la queja de un amigo que me compartió cómo, después de muchos años, se dio cuenta de que la amistad que tenía con otra persona no había pasado de ser una relación de dependencia en la que él se había convertido casi en un esclavo de esa persona, que lo manipulaba afectivamente. Yo le proveí literatura acerca del síndrome que estaba sufriendo, y él, después de leer los documentos, me pidió que escribiera este artículo.
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Indudablemente, la era cibernética nos ha socorrido con muchas herramientas tecnológicas, pero nos ha quitado algunas capacidades inherentes a nuestra percepción. Entre ellas, la de aprender a descubrir el verdadero rostro de quienes nos rodean. De hecho, en esta época de hiperconectividad, hasta amigos sin rostro aparecen en las redes sociales, y las consecuencias de entablar amistades en esos medios han sido desastrosas para muchas personas, particularmente para jóvenes, adolescentes y niños, que carecen de esa especie de sexto sentido que permite olfatear el peligro.
Usualmente, las personas que buscan poder (y tener a su servicio a sus allegados) son individuos expertos en endosar culpas malsanas para provocar remordimiento y lograr así gratitud a perpetuidad (por parte de la persona afectada). También son hábiles en hacerles creer a sus víctimas que ellas (las personas manipuladoras) tienen mucho poder y que son importantes en muchos estamentos socioeconómicos, desde donde pueden proveer bienestar y fortuna o, en vía contraria, provocar fracasos y desgracias. Su síntoma más usual es hacer creer a los otros: «Si no estás a mi servicio, no sos mi amigo». Y ese mensaje pueden emitirlo en forma directa o subliminalmente.
Otro síntoma (muy certero) para saber con quién se está tratando es preguntarse: «Cuando hablo con esa persona, ¿me deja paz y tranquilidad o me deja inquieto y confundido?».
«Tu corazón, tu cheje [4]» me dijo un amigo q’eqchi’ —compañero de aula en la escuela primaria— cuando a los 12 años de edad le pregunté si debía o no lanzarme a nadar en las aguas de un río que estaba muy crecido.
Así las cosas, es preciso agudizar la capacidad de discernimiento para no caer en el juego de quienes intentan escapar de sus heridas y sus miedos manipulando las relaciones de afecto para blindarse, según ellos, de mucho poder.
* * *
[1] Laplanche, J., y Pontalis, J. B. (1996). Diccionario de psicoanálisis. Barcelona: Paidós. Pág. 67.
[2] Cabarrús Pellecer, C. (2006). La danza de los íntimos deseos. Siendo persona en plenitud. Bilbao: Desclée De Brouwer. Págs. 25-26.
[4] Cheje: pájaro carpintero. Su canto se considera de buen o mal presagio dependiendo de qué lado (derecho o izquierdo) se le escuche.
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