Esta sola definición nos da la pauta para saber qué significa, en términos concretos, cuando se dice que en nuestro país impera la violencia en todos los ámbitos. Sin dificultades daríamos ejemplos de cada uno de estos modos no solo a través de la historia sino en la vida cotidiana.
Vale la pena reflexionar sobre este tema, en especial porque este año se cumplen tres décadas de la Firma de los Acuerdos de Paz (1996). Paradójicamente, hoy por hoy, muchos jóvenes desconocen incluso que hubo un Conflicto Armado Interno que duró 36 años y, por ende, sus causas y consecuencias. Sería recomendable revisar el Currículum Nacional Base no solo en sus contenidos sino en la forma en que se imparte. ¿Qué tanto éxito o no ha tenido al formar e informar a las distintas generaciones desde que se implementó? ¿Sigue siendo válido? ¿Qué elementos sería necesario modificar? Porque, si vemos algunos resultados tal parecería que el fracaso de esta propuesta es evidente.
Si vemos los hechos que se dan en nuestra sociedad observamos cómo se dan distintas formas de violencia unas más evidentes que otras. Si analizamos los índices en números usualmente las cifras fluctúan, pero siempre se mantienen altas. Además de la violencia común, destaca la violencia en contra de las mujeres, por ejemplo, que se da tanto física como psicológica, sexual y económica. La violencia doméstica ahora se evidencia más que en el pasado, pese a que aún hay reservas para denunciarla.
Por otro lado, las causas sociales que dieron origen al Conflicto Armado Interno continúan sin soluciones a mediano ni largo plazo. La pobreza, la desigualdad e inequidad de oportunidades, así como la falta de acceso a la educación, la falta de empleos y el alto costo de la vida son factores que afectan de manera negativa a la mayoría de guatemaltecos.
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Asimismo, la complejidad de estos elementos ha generado ciertas actitudes comunes entre los ciudadanos. Muchos consideran que así son las cosas, que enojarse y reaccionar de manera violenta es «natural» y, de ahí, que luego se asuman como «normales» este tipo de acciones. Un ejemplo para que lo veamos tal cual en las relaciones amorosas: Se da la naturalización cuando en una pareja se cree que “es normal que él la controle porque es su pareja” (así se justifica como algo natural). Después, se normaliza cuando se dice: “Sí está mal, pero pasa en todas las relaciones” (entonces se acepta porque es común). En otras palabras, cuando una conducta se naturaliza solo se está justificando la violencia y, cuando se normaliza, se permite y mantiene. Este tipo de cuestiones permiten, entre otras, que la violencia hacia las mujeres en ocasiones termine en femicidios y en abusos.
También, la naturalización y normalización permiten menor crítica y, por ende, menores acciones efectivas no solo de control, sino de ejecución de la ley en contra de personas que se dedican a la realización de actividades delictivas como el narcotráfico, el crimen organizado, la trata de personas, el acceso ilegal a las armas, las pandillas, entre otros. Es decir, se propicia la impunidad.
Frente a esta situación, la respuesta del Estado demuestra que, si bien algunas cosas han mejorado, aún es largo y ancho el camino por recorrer para que en realidad haya eficacia en instituciones como la policía nacional y credibilidad en el sistema de justicia tan cuestionados en los últimos años.
Para cambiar de manera positiva este panorama a veces tan desolador, cualquier política de prevención es bienvenida, así como los programas sociales que busquen mejorar la educación, la inclusión, la equidad. Que se den vientos favorables y sostenidos para que confiemos en que es posible construir un mundo mejor, libre de violencia.
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