Hace unas semanas conversamos sobre la fascinación de la sociedad por las dualidades, especialmente la que divide a los buenos y a los malos. Afirmamos que dicha distinción es inherentemente perversa, ya que no hay una línea clara entre ambas: hay elementos negativos en la supuesta «bondad» y, aun en la más terrible maldad, existen aspectos loables que hay que rescatar.
Por eso, argumentamos que, más que dualidad, hay una relación fluida entre ambos polos de la vida, lo que la filosofía del yin-yang define como el equilibrio necesario. Por ende, concluimos que el mayor peligro en la política es reducir a la sociedad a una simple lucha entre «buenos» y «malos», especialmente si consideramos la práctica contemporánea, que parece haber desbordado esta forma simplista de ver el mundo. Ya no se trata solo de clasificar moralmente a los actores, sino de aceptar que el juego político se rige por la lógica del simulacro. En síntesis, esto plantea que los «buenos» no siempre son tan buenos y los malos no siempre son tan «malos».
Entender la política actual, en plena era de redes sociales y construcción de percepciones, requiere, entonces, que los actores no solo tomen decisiones, sino que, fundamentalmente, administren las apariencias: en la política actual, quien personifique mejor su papel frecuentemente alcanza sus objetivos.
Esto implica ver la acción política como una puesta en escena de una obra teatral: el diálogo, la apelación a valores trascendentes, la maniobra dilatoria, el llamado a una legalidad amañada y la construcción de un escenario de cobertura cuidadosamente construido; todo ello es vital en el juego de la construcción de ilusiones que solo sirven para alcanzar el ansiado triunfo político.
El mejor ejemplo de ello es el presidente Nayib Bukele, quien ha sido un maestro en la construcción de una imagen que, aún hoy, sigue deslumbrando a gran parte de la sociedad salvadoreña.
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En este entorno, el engaño no es necesariamente una desviación del sistema, sino parte de su funcionamiento cotidiano: se negocia en público mientras se pacta en privado; se promete estabilidad mientras se preparan movimientos disruptivos; se anuncia una negociación mientras se prepara un ataque directo; se anuncia un apego a la legalidad, cuando ya se ha negociado de antemano el veredicto; así, un largo etcétera. Por ello, la sorpresa estratégica —el golpe inesperado en medio de la aparente calma— se ha convertido en una de las herramientas más eficaces del poder, tal como ocurrió en el primer ataque de Israel y Estados Unidos a Irán, cuando no había una amenaza inminente que contrarrestar.
Esta lógica tiene antecedentes claros: ya Nicolás Maquiavelo sostenía que el gobernante debía aprender a moverse entre la fuerza y la astucia, entre la ley y la manipulación. Para hacer justicia, en el pensamiento del florentino esto respondía más a momentos excepcionales, mientras que ahora esta estrategia parece haberse normalizado como principio operativo.
La buena fe, el apego a las reglas o la transparencia no desaparecen, pero con frecuencia son percibidos como desventajas frente a quienes dominan mejor el arte de la simulación. La famosa «tabla de gradación» en las comisiones de postulación guatemaltecas, y la forma en que se ha manipulado a lo largo de los años para «simular» una elección de los mejores —cuando previamente ya se conoce a los elegidos—, es el mejor ejemplo de esta política de la simulación.
El problema no es únicamente estratégico, sino estructural: cuando todos los actores asumen que el otro simula, la desconfianza deja de ser un riesgo y se convierte en el punto de partida, por lo que cumplir las reglas se percibe como una desventaja. Así, la política se desliza hacia un equilibrio inestable, donde cada movimiento es interpretado como un potencial engaño.
En este contexto, la victoria del simulacro encierra una paradoja perversa: un sistema político que descansa excesivamente en la manipulación de las apariencias erosiona los fundamentos que lo sostienen. No es posible sostener ni la credibilidad, ni la previsibilidad, ni la confianza mínima necesaria para cualquier forma de cooperación que implica el Estado-nación, por lo que la inestabilidad y el conflicto están garantizados.
Como corolario, ganar mediante el engaño puede ser eficaz en el corto plazo, pero generalizar esa práctica convierte la política en un espacio cada vez más frágil, en el que reina la desconfianza, tal como ya hemos percibido desde hace muchos años en esta nuestra Guatemala, donde los sueños parecen siempre tan lejanos y distantes.
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