Muchas de ellas, se transportarán en vehículo particular de dos o cuatro ruedas. El resto, caminará hacia la estación de Transmetro o taxi colectivo. Estos últimos, han proliferado ante la falta de transporte público eficiente con rutas que cubran todos los sectores.
El desafío de ser peatón inicia al salir a la calle, pues podemos encontrar a nuestro paso heces fecales de perro (incluso de humano), agujeros o salientes de distintos tamaños. Las aceras son poco transitables: cada casa tiene la propia y unas son más altas que otras; o, las tapaderas de los contadores de agua se han esfumado, otras se forman con gradas o hay una entrada para el carro.
A esto hay que agregar la proliferación de negocios populares empujados por la necesidad de generar ingresos, que utilizan la acera para poner mesas, parrillas, recipientes y todo tipo de mercancía que, al final de cuentas, impide la libre circulación de las personas. Esto contraviene lo establecido en el Artículo 23, inciso A, de la Ley de Tránsito.
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Las calles cercanas a instalaciones deportivas (campos o estadios de futbol) apestan a meados (de jugadores o fanes), quienes consumen bebidas embriagantes luego del partido o concierto. Esto aplica también para áreas cercanas a tiendas, bares, cantinas y discotecas donde los clientes utilizan las paredes y postes para sus necesidades fisiológicas.
Por si fuera poco, los peatones lidian con los vehículos que se ponen en el paso de cebras. En algunas intersecciones no hay semáforo y cruzar la calle sin exponerse a un atropellamiento depende de la reducción del tráfico o de la amabilidad de los conductores.
Todo ello, a pesar de que el Artículo 12 (derecho de vía) de la Ley de Tránsito, indica que «Las personas tienen prioridad ante los vehículos para circular en las vías públicas, terrestres y acuáticas».
En zonas «exclusivas» o de alta plusvalía se favorece la movilidad vehicular en todo momento. Y, si hay poco tránsito, los conductores activan el modo «qué me importa, me paso el semáforo en rojo». Milagrosamente (o por unos reflejos altamente avispados) muchas personas se salvan de ser atropelladas.
Es indudable la existencia de una visión clasista y racista detrás del trato de conductores hacia peatones en todo lugar. Excepto en puntos donde se permite cierta libertad a los peatones, por ejemplo: la 6ª avenida de la zona 1 (Paseo de la Sexta) lugar con alta presencia de empleados municipales; y la 8ª avenida y 8ª calle de la misma zona, esquina del Mercado Central, donde los conductores se detienen para darle paso a los turistas, especialmente si se trata de personas con características anglosajonas (blancas y rubias).
Otro tema, son las pasarelas. Hay una gran variedad de ellas, siendo, algunas veces, las más seguras y mejor construidas las cercanas a centros comerciales. Otras representan un peligro, por ejemplo, la que comunica la Avenida Simeón Cañas con el parque Jocotenango en la zona 2. A esto se suma la presencia de asaltantes y acosadores.
Por otro lado –ante eventos como marchas, procesiones, partidos de futbol, conciertos, accidentes o reparaciones– la empresa de transporte municipal, Transmetro, cierra las estaciones cercanas, y sin transporte a los usuarios, obligándoles a largas caminatas (incluso de varios kilómetros) para llegar a sus destinos.
Estos y otros desafíos, requieren de una actuación directa y organizada por parte de las autoridades municipales no solo de la ciudad de Guatemala, sino de municipios cercanos. De donde provienen la mayoría de trabajadoras y trabajadores que movilizan el comercio y los servicios –tanto formales como informales–. Son quienes garantizan que la vida en el área metropolitana se mantenga a flote y son los peatones de –casi– siempre.
El desorden urbano está dado. La interpelación ciudadana también. Y las soluciones para quienes caminamos, ¿para cuándo?
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