A las 10 de la noche, con Spotify listo y el corazón volando, esperé el estreno de ARIRANG, el nuevo álbum de BTS. Me desvelé, por supuesto. Y claro, al día siguiente sentía que me iba a explotar la cabeza, una ya no está para estos trotes. Pero fui feliz.
Amo ser fan, ¿qué puedo decir?
Hay algo bastante interesante en que tu semana gire alrededor de algo tan simple como un estreno. O en levantarse a las cinco de la mañana un sábado para ver un concierto que igual iba a quedar grabado. En buscar links sospechosos para ver una entrevista en vivo. Quedarse un miércoles viendo un episodio cuando sabes que, al día siguiente, tienes que ir a estudiar.
Luego viene el ritual de compartir esa emoción. Mandar audios a tus amistades, subir historias, comentar y analizar cada detalle con el rigor de una tesis de graduación.
No porque tengas que hacerlo, sino porque te nace.
Sin embargo, en algún punto entre «madurar» y «no hagas el ridículo», nos enseñaron que sentir mucho es vergonzoso. Que la emoción intensa es «cringe».
J. Logan Smilges aporta una perspectiva clave sobre este concepto en su texto Cringe Theory. Aclara que no es simple vergüenza, sino una reacción que surge cuando nuestras emociones no coinciden con lo que deberíamos sentir según las normas sociales.
Funciona como una herramienta de control que regula qué está «bien» sentir. Smilges lo ejemplifica así: no nos incomoda que alguien baile en público porque le encantó una canción. Más bien, nos molesta la intensidad y genuinidad con la que se emociona, porque no encaja en esa forma «correcta».
Ese cringe es nuestra propia incapacidad de emocionarnos con tanta intensidad. Y entonces, decimos: «Qué pena ajena».
Vivimos en una cultura que premia ser «cool» y «aesthetic». Todo curado, calculado y emocionalmente neutro. Redes sociales que parecen catálogos minimalistas, donde no se encuentra el caos humano.
Ante esta perfección, el fanatismo parece una forma de rebeldía, al permitirse esa emocionalidad que, además, ayuda a conectar con otras personas.
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El estudio Displaying Fan Identity to Make Friends defiende que participamos en estas comunidades para escapar del estrés o cumplir la necesidad humana de pertenencia. Por otro lado, los autores argumentan que hablar de estos intereses, compartir contenido o usar mercancía son señales sociales. Es casi como decir: «Hey, soy igual a ti». Esto facilita conexiones y amistades, incluso más allá de fronteras y océanos.
Así conocí a una de mis mejores amigas, hace casi diez años, en una clase de Educación Física donde ninguna quería correr. Comenzamos a hablar cuando ambas reconocimos el mismo chiste de un comediante. Y hoy seguimos siendo amigas por el simple hecho de haber compartido esa frase.
Creo que compartir lo que te apasiona abre puertas a ese momento mágico donde alguien pregunta: «¿A ti también te gusta esto?». De repente, somos más.
Además, ser fan es un motor de expresión. En su tesis, Miriam Kilian explica que editar videos o escribir historias son prácticas de una Cultura Participativa. Según esta teoría de Henry Jenkins, las personas no son consumidores pasivos, sino creadores activos. Invierten horas gracias a la pura pasión por construir algo para una comunidad, sin beneficio económico.
Es cierto que existen extremos tóxicos, individuos que cruzan los límites y convierten el interés en obsesión dañina. Pero no se puede reducir toda esta cultura a sus excepciones. La mayoría solo intenta sobrevivir la semana con algo que les dé alegría.
Aún así, muchas personas sienten incomodidad y se burlan de los fanáticos porque ocupan espacios, hacen ruido y validan su emoción en público.
Pero, al final del día, ¿qué es más triste? ¿Sentir demasiado o no sentir nada? ¿Vamos a pasarnos toda la vida intentando vernos «cool»?
Qué pereza esa obsesión con parecer imperturbables. La vida ya es demasiado pesada como para vivirla en silencio.
Sigue subiendo los marcadores de los partidos o los videos de las carreras. Desvelándote por conciertos y usando tus sudaderos favoritos. Sigue mandando esos audios de crítica musical.
Sigue siendo fan. La vida es mucho más linda, y llevadera, cuando dejamos de fingir que no nos importa nada.
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