A los trece años descubrí que quería ser escritora. Pero lo curioso es que las primeras «novelas» que escribí no eran historias sobre mi realidad. Las pensé en inglés, los personajes tenían nombres como Juliet y April, y vivían en Estados Unidos.
Por alguna razón que mi yo de secundaria no terminaba de procesar, sentía que para ser «exitosa» y llegar a más personas, tenía que publicar en un idioma que no era el mío.
Estas historias, que gracias al cielo ya no existen en internet, eran el resultado de haber crecido consumiendo contenido predominantemente en inglés. Esta anécdota personal, además de ser un recuerdo un poco vergonzoso, es el reflejo de cómo el dominio de una lengua puede penetrar la identidad de una persona desde la infancia.
Lo cierto es que yo, como muchas personas, aprendí este idioma más por el consumo compulsivo de medios que por los libros de texto del colegio. Claro que recibí clases de gramática y me enseñaron el past participle hasta el cansancio, pero raras veces abría el cuaderno para estudiar. Confiaba en que podría identificar las respuestas correctas solo por como «sonaban» en mi cabeza.
Me recuerda a Kim Namjoon, quien ha narrado en varias ocasiones que aprendió inglés viendo la serie Friends. Aunque tuvo ayuda didáctica, fue la inmersión la que hizo el truco.
Tras investigar un poco, resulta que estas técnicas son bastante comunes.
Según el estudio de Tamara Aller Carrera (2023), el 93.4 % de los estudiantes de lenguas extranjeras recurren a películas y series para practicar. Mientras tanto, el 89.9 % también lo hace a través de la música, y el 81.6 % mediante redes sociales.
La autora cita a García Barroso, quien señala que estas plataformas son eficaces para el aprendizaje porque combinan vocabulario, pronunciación y referencias culturales. (Aller Carrera, 2023).
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Pero este bombardeo de estímulos también moldea nuestro entorno digital. Por ejemplo, hace unos días, Twitter (X) activó una función donde los tuits aparecen traducidos automáticamente. De pronto, casi todas las publicaciones que leía estaban en inglés. Reforzando así esa regla no dicha, donde este es el idioma por defecto para existir en el mundo virtual.
En nuestra era, el inglés se ha consolidado como la «lingua franca», la lengua común utilizada para la comunicación entre hablantes de distintos países. G.F. Alakbarova (2025) explica que, según datos recientes, alrededor de 1,500 millones de personas hablan este idioma en el mundo, pero solo 400 millones son nativos. Esto lo convierte en el sistema predeterminado para el discurso internacional, especialmente en ámbitos como la ciencia, tecnología, cultura y la educación.
De hecho, en su investigación, Alakbarova (2025) destaca que más del 50 % de las páginas web están en inglés, donde la mayoría de los artículos y trabajos de investigación están publicados en este idioma.
Lo más irónico (y lo que termina de confirmar su punto) es que la propia autora, siendo académica de la Universidad de Azerbaiyán, tuvo que escribir este estudio en inglés para que el resto del mundo pudiera leerlo.
Diversas investigaciones sostienen que este predominio es parte de un proceso histórico de hegemonía. Jie Zeng y Jianbu Yang (2024) citan la teoría del Imperialismo Lingüístico de Phillipson, quien defiende que el uso del inglés fue una estrategia para centralizar la autoridad en las colonias y subordinar las tradiciones locales. Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se aseguró de que este idioma fuera el símbolo de progreso.
Y esa influencia aún la sentimos. Sin ir muy lejos, el «Spanglish», que usamos sin darnos cuenta en pláticas con amigos. No es que las personas se crean la gran cosa, sino que nuestra forma de hablar ha cambiado de manera casi inconsciente.
Zeng y Yang (2024) argumentan que la adopción del inglés en países periféricos, como Guatemala, se ha convertido en un conducto para las ideologías culturales que vienen desde el «núcleo anglófono».
Incluso en la tecnología más avanzada lo podemos observar. Hace unas semanas recibí una clase sobre cómo la Inteligencia Artificial tiene un sesgo lingüístico marcado. Como consecuencia de esto, Anna Lagos de WIRED en Español explicaba que han surgido proyectos como Latam-GPT.
Este modelo, desarrollado en Chile, está específicamente entrenado en contextos latinoamericanos, para así dar respuestas que atiendan a nuestras necesidades culturales. Es uno de los intentos para no depender de modelos que solo entienden el mundo anglosajón.
No creo que debamos cerrarle la puerta al contenido en inglés, ya sean investigaciones, series o música. Más bien, creo que debemos cultivar todavía más nuestras lenguas maternas. Fomentar su uso en los espacios digitales para preservar nuestra herencia cultural.
Al final del día, solo nuestra lengua nos ofrece ese refugio en lo cotidiano. Es la única capaz de expresar lo más profundo de nuestra alma con los matices y la emoción que el inglés simplemente no puede replicar.
Aquel «éxito» que buscaba a los trece años nunca lo iba a encontrar en las historias de Juliet o April. Estaba mucho más cerca, escondido en las calles y en las gavetas de mi memoria.
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Referencias:
Alakbarova, G. F. (2025). The Dominance of English in a Globalized World and Its Impact on other Languages. Paradigma, 2, 19-28. https://www.au.edu.az/userfiles/uploads/4372ea93b1785d862a440140e4191a60.pdf
Aller Carrera, T. (20-21 de septiembre de 2023). Influencia de los medios de comunicación digitales en la enseñanza-aprendizaje de una lengua extranjera [Presentación de artículo]. Congreso Internacional Virtual en Investigación e Innovación Educativa CIVINEDU, Madrid, España. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=9293502
Zeng, J., & Yang, J. (2024). English language hegemony: retrospect and prospect. Humanities and Social Sciences Communications, 11(1), 1-9. https://www.nature.com/articles/s41599-024-02821-z#citeas
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