Pelicot: 73 años, francesa, clase media, profesional, casada por cincuenta años y madre de tres hijos. Residente de una plácida ciudad en el sur de Francia. Abuela jubilada, beneficiaria de prestaciones que solo un estado de bienestar tan generoso como el francés puede ofrecer.
Huerta: 95 años, estadounidense, chicana, educadora, activista y cofundadora del sindicato de trabajadores agrícolas más importante de la historia estadounidense, el United Farm Workers (UFW). Figura pública, referente histórico de la clase campesina, modelo de tantas luchas por los derechos laborales y de las mujeres.
No importando su clase social, su talla histórica, su ubicación geográfica, o su abundancia de o falta de privilegios, ambas tienen algo en común: son sobrevivientes de violencia sexual.
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En 2024, conocimos la historia de Pelicot cuando decidió que el juicio contra su exmarido fuera público. Nos enteramos, horrorizados, de que durante años había sido drogada por quien ahora llama «Monsieur Pelicot», y violada por docenas de hombres cuando yacía inconsciente. Si no fuera porque la policía lo descubriera tomando un vídeo de mujeres en un supermercado y examinara otros vídeos en su computadora, ni Gisèle ni su familia se hubieran enterado de los vejámenes y violaciones por los que fueron juzgados y sentenciados el «señor» Pelicot y 50 violadores. Temía que los hombres que la violaron y que no podía reconocer, tomaran represalias contra ella. Pero decidió hablar, y mirar dignamente y de frente a sus perpetradores. Esto y más cuenta en su libro recién publicado Un himno a la vida.
De Huerta, no hay latino en Estados Unidos que no la conozca ni la mencione como una de las figuras emblemáticas del movimiento laboral y la lucha feminista. Se le asocia con quien hasta hace una semana fuera el líder de líderes Latinos, César Chávez, a quien nadie quisiera ahora ni recordar ni nombrar. Gracias a una exhaustiva investigación de The New York Times, hoy sabemos que Dolores es una sobreviviente, al igual que al menos otras dos mujeres (menores entonces en los años 70), de acoso sexual y violación por el líder chicano.
Pese a que una de ellas, Debra Rojas, había compartido en un chat de seguidores de Chávez que el líder a quien se celebra anualmente había abusado de ella, no es sino hasta hace una semana que el patrón de abusos salió finalmente a la luz. Huerta hubo de contar su historia, indicando que no había presentado la denuncia en ese entonces porque exponer su historia habría damnificado al movimiento campesino y sus conquistas laborales.
Todas tenemos nuestra propia historia de acoso y silencio. El tipo anónimo que se restriega detrás de ti en un elevador o autobús abarrotado de personas; o el profesional que con subrepticia roza su pene mientras te habla en un evento social. Y ya sea por miedo, porque la situación es nueva o por un instinto de supervivencia, no sabes qué hacer y guardas silencio. O el colega que, para dejar claro quién manda, trata de intimidarte, deslizando sutilmente su dedo sobre el tuyo, bloqueándote el paso, o vulnerando tu espacio personal. Lo denuncias, pero lo protegen. Tu cuerpo lo sabe, pero no te creen. Como explica Dolores: «[…] ahora entiendo que soy una sobreviviente: de violencia, de abuso sexual, de hombres manipuladores que me veían a mí y a otras mujeres como propiedad y objetos de control».
Igualmente, conocemos la historia de otras sobrevivientes que han sido sujetas a violencia y abuso doméstico. Cuando denuncian, no les creen; y muchas otras terminan asesinadas por abusadores porque el sistema de justicia –a pesar de algunos avances– las desprotege y determina que la barra debe ser más alta para comprobar la conducta violenta. Muchas veces es demasiado tarde.
Como dice Pelicot, la vergüenza debe cambiar de lado. A las Huertas, Pelicots, Rojas y otras tantas que han sobrevivido todo tipo de violencia y abierto brecha rompiendo el silencio (como el movimiento #MeToo), les debemos que con sus luchas, sacrificio y heroísmo, despierten la conciencia colectiva para sepultar a esta indigna misoginia.
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