Una de ellas, importante y decisiva, es el desarrollo y uso del lenguaje. El ser humano ha desarrollado símbolos que se refieren a cosas, situaciones, personas y estados y les ha puesto palabras que los representan, las cuales se usan para la comunicación, la expresión y el pensamiento. Ninguna otra especie ha hecho nada parecido.
El desarrollo del lenguaje tiene implicaciones determinantes sobre la forma de vivir de los seres humanos. Una de ellas es el énfasis en la cooperación. Al desarrollar el lenguaje nuestros ancestros tuvieron que ponerse de acuerdo, de manera inconsciente, en el significado de cada palabra. El uso del lenguaje también reemplazó, en parte, a la violencia en la resolución de conflictos, reemplazándola por el diálogo; en el apareamiento la sustituyó con la seducción. El lenguaje sembró en nuestra especie una semilla de cooperación que los chimpancés y los gorilas, nuestros otros parientes cercanos, no exhiben al mismo nivel de generalidad.
Otra de las diferencias, concomitante al lenguaje, es el desarrollo de la capacidad simbólica. Las palabras se refieren a algo y este algo es el símbolo de alguna cosa, situación, persona o estado, no la cosa misma; es un símbolo generalizable que aplica a un conjunto, no a lo específico; la palabra hoja representa a todas las hojas y la palabra amor a todos los amores. Esta capacidad simbólica es un instrumento poderoso para el pensamiento, pues permite establecer relaciones entre símbolos que nos llevan a planes de vida, filosofías, posiciones políticas y hasta enamoramientos.
Estas diferencias se sobrepusieron sobre nuestra estructura instintiva, emocional y mental de primates, no la reemplazaron. Debajo de nuestra humanidad, en paralelo a ella y a veces por encima de ella seguimos siendo 98.8 % chimpancés.
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Lo interesante es que al poseer capacidad simbólica la hemos aplicado a nuestra estructura instintiva, emocional y mental de primates también. Lo que en un chimpancé es instintivo, el ser humano lo ha simbolizado y al hacerlo generalizable nos ha abierto una nueva dimensión de características mentales, emocionales y de personalidad. Un chimpancé quiere acaparar todos los bananos; en la mentalidad humana esto se vuelve codicia. Un gorila quiere ser el jefe de la tribu; el ser humano lo convierte en ansia de poder. Un chimpancé defiende su territorio contra los invasores; nosotros le llamamos nacionalismo.
La cooperación entre los seres humanos es una propuesta evolutiva interesante y novedosa. Junto con la capacidad simbólica, nos ha llevado a hacer cosas extraordinarias. Ha puesto al ser humano en una categoría diferente de cualquier otra especie sobre la Tierra, en el sentido cualitativo.
Excepto entre enemigos en las guerras, todos los proyectos conjuntos que emprenden los seres humanos están basados en la cooperación. Nos unimos para dotar de agua potable a nuestra comunidad. Formamos empresas para hacer dinero juntos y ONG para promover el desarrollo social y económico de nuestras colectividades. Aun en las guerras, la defensa y las invasiones están basadas en la cooperación entre los del mismo bando.
Puesto que nuestra naturaleza de primates cooperativos simbólicos no es monolítica, con frecuencia ocurren resquebrajaduras y a veces sin darnos cuenta desviamos nuestros referentes principales, de lo cooperativo a lo primate, por ejemplo. Empezamos una actividad en un contexto cooperativo y en cierto momento vemos la oportunidad de que se manifieste alguna de nuestras características primates. Organizamos un proyecto de desarrollo y al cabo de unos meses nos sale la codicia y nuestra motivación se vuelve ver cómo podemos beneficiarnos nosotros mismos; formamos una asociación de vecinos y en cierto punto nos engolosinamos con el poder que podemos ejercer; comenzamos un romance con intenciones de beneficio mutuo y en cierto momento nos aprovechamos del otro y hasta lo sometemos a nuestras necesidades. Se nos sale la mano de mono.
Esto ocurre en una enorme variedad de situaciones, algunas veces en forma deliberada y otras veces sin que sea planificado. Algunos políticos fingen tener un espíritu de cooperación, pero bien saben que tan pronto lleguen a un cargo público se van a aprovechar todo lo que puedan. Otros líderes de colectividades pueden empezar con toda la buena intención, pero en el camino ven una oportunidad para beneficiarse en lo personal o detentar el poder por el poder mismo y su vocación cooperativa se ve cooptada por sus instintos de primate simbolizados: codicia, avaricia, ansia de poder.
En contextos como el político hemos llegado a esperar que aparezca la mano de mono y rara vez nos sorprende. En otros, como el de las organizaciones activistas, nos extraña, nos asombra y hasta nos puede decepcionar. Quisiéramos y sentimos que debería cambiar.
Es parte del desarrollo humano, individual y colectivo aprender a mantener bajo control la mano de mono a través de un compromiso consciente e indivisible con lo cooperativo. Esto aplica a nuestras acciones diarias y a nuestros proyectos de más largo plazo. Lo cooperativo guarda las mejores esperanzas para la supervivencia y el desarrollo de la Humanidad y es la propuesta evolutiva más interesante y reciente entre los primates, lo que le da ciertas oportunidades de prevalecer, a la larga.
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