Algo que nunca deja de sorprenderme, y espero que nunca deje de hacerlo, es la insistencia de los reaccionarios de preferir lo malo conocido que lo bueno por conocer. Esa aversión al cambio con la que se resisten a mantener la misma dirección pese a la tragedia, el dolor, los muertos. Y cuando abrazan el cambio sabemos que se trata de algo cosmético, un poco de maquillaje por aquí y por allá. O un cambio que les beneficiará aún más. Nada que sea estructural, nada que pueda ir a la raíz de los problemas, nada para las mayorías. Sin embargo, debería de sorprenderme menos porque ciertos cambios implican riesgos y potenciales pérdidas para ellos, al menos en términos relativos, por lo que sus esfuerzos por evitarlos son racionales (sin que por ello sean razonables). Para ellos, las cosas van bien (o iban bien hasta que llegó Semilla). Quizás no tan bien pero podrían ir peor si pierden su cuota de poder, por lo que prefieren hacer cualquier cosa por mantenerse hasta arriba de este barquito medio hundido entre ahogados y remadores exhaustos antes que repararlo y asegurar que nadie tenga que ahogarse.
Ese mismo barquito es el que hoy Arévalo intenta encauzar y sacar a flote. O lo intentó, porque ahora parece solo un recuerdo lejano, otra promesa de campaña incumplida. El barco se hunde y el capitán hace poco para evitarlo, ni se hundirá con él. No hacen falta más héroes o mártires, pero sí un presidente y una administración que aprovechen la oportunidad que tienen delante y lo hagan con apremio y entereza. Sus enemigos son poderosos, los mismos enemigos de las grandes mayorías guatemaltecas, las mismas mayorías que le dieron su voto de confianza y le brindaron al presidente una oportunidad única para hacer algo al respecto. No fue solo el voto, fue una defensa cívica, así como la continua y osada participación de abogados decentes y otros profesionales organizados que están dando la batalla en otros espacios.
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La oposición ha sido desastrosa, pero hasta ahora eficiente. El descontento aumenta, ya no solo entre los reaccionarios de toda la vida, temerosos y fanáticos, sino también en las personas menos políticas. Es el resultado de una mezcla de errores cometidos y desinformación, errores que pudieron haberse evitado y desinformación que podría, parcialmente, reducirse con mejor comunicación. Es el sistema que se defiende frente a un movimiento de cambio que se resquebraja por dentro. Esa defensa produce exiliados y encarcelados, pero también un discurso reaccionario: el que se opone a la subida del salario mínimo, pese a que los datos y las experiencias de México y España lo respaldan. También se opone a la Ley de Competencia, a la ley de aguas, al seguro contra terceros, a la unificación de... Parecen José «Puerto Informa», cuya ceguera no se cura con ninguna verdad ni dosis de realidad. Los datos sobran.
En una columna anterior abordé La retórica reaccionaria de Albert Hirschman, en la que identificó la lógica de los conservadores que históricamente se han opuesto con vehemencia a cambios sociales que hoy forman parte de las conquistas sociales. Los argumentos se repiten. Pero además de la lógica reaccionaria, hay que entender por qué las élites se oponen y preferirían bloquear la innovación (institucional y tecnológica), a pesar de que esta pueda significar progreso y desarrollo. Acemouglu y Robinson (2000) dan una posible respuesta en su estudio sobre los países que se industrializaron antes que otros. En su modelo histórico, encontraron que las élites que se oponían a la industrialización temían poner en riesgo su control político o futuras rentas. Las que no se opusieron, en cambio, era porque su posición de dominio estaba asegurada o ya existía competencia política que fomentaba la innovación institucional o tecnológica.
No sé en qué otro momento podríamos lograr aunar la suficiente presión para lograr los cambios de fondo. Sabíamos que no sería con Semilla, pero teníamos la ilusión de que fuera el inicio de algo más, pues es urgente corregir los enormes desbalances de poder. No es solo urgente por razones morales, sino también por eficiencia, creación y producción de bienestar general, porque las élites persisten en oponerse al progreso. En estos años de retroceso, en donde la élite tradicional económica ha estado del lado de las fuerzas reaccionarias y corruptas, sobre todo desde el conflicto que tuvieron con la Cicig en 2017, el bloqueo ha sido su única apuesta, y lo será al menos hasta el 2027. Idolatran el modelo autoritario de Bukele, como Gutiérrez de CMI lo afirmó, ¿cuál será nuestra apuesta?
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