En la música académica es casi imposible fingir. Hay algo de alivio en las audiciones a ciegas, donde el resultado depende de la habilidad con el instrumento. Sin embargo, como en todas las esferas sociales, muchas experiencias siguen condicionadas por el género. Tal vez por eso, desde pequeña, me parecía extraña la forma en que se hablaba de la participación de las mujeres en las agrupaciones, como algo tan inusual que debía exhibirse. Lo paradójico es que, más adelante, esa misma presencia se convierte en blanco de cuestionamientos.
En este sector, aunque escasean los datos exactos, se observa que cada año se suman más mujeres a la fuerza laboral, que actualmente registra un 48.52 % de participación femenina, según el INE. Al respecto, Raquel Alvarado-López (2024) señala que, al mejorar la calidad de vida de las mujeres, también mejora el capital humano de un país y se produce un efecto multiplicador en el crecimiento económico. Existe, pues, una correlación entre igualdad de género y prosperidad. A pesar de ello, persiste la tendencia de encasillarnos en el espacio doméstico y la emocionalidad, entre otros prejuicios que empañan el reconocimiento de nuestro mérito profesional.
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Como apunta bell hooks (2017), hoy es muy difícil que un solo empleo sostenga a una familia. Por lo tanto, la autonomía económica de las mujeres es una necesidad urgente, así como las políticas de corresponsabilidad familiar. Sin embargo, el acceso al empleo es un terreno complejo. Alejandra Ríos (2021) advierte que la libertad de contratación puede difuminar prácticas discriminatorias. Un ejemplo es la brecha laboral asociada al estado civil. Para Mallqui y Soto (2026), el matrimonio puede acarrear una «penalización» en la participación laboral de las mujeres, ligada a prejuicios y roles impuestos.
Este fenómeno adquiere matices particulares en comunidades profesionales pequeñas, como la de la música académica. ¿Qué ocurre cuando, en el sector artístico-cultural, se prefiere mantener una plaza vacante antes que contratar a un matrimonio?
En Guatemala, el Decreto 89-2002 restringe la contratación de parientes cuando existe una relación jerárquica directa. Aunque la norma es neutra en su formulación, sus efectos no necesariamente lo son, especialmente en un contexto donde las trayectorias de las mujeres ya enfrentan mayores obstáculos. En una comunidad artística tan reducida, esta disposición puede operar más como un mecanismo de exclusión que como una salvaguarda institucional.
De ahí surge la pregunta: ¿puede considerarse nepotismo que un matrimonio de artistas profesionales coincida en una misma institución, incluso si eso implica dejar fuera a uno de los dos? No tengo todas las respuestas, pero abrir la conversación es un primer paso.
Bajo un sistema que agota, este 8M leí comentarios de mujeres que expresaban desconexión con la marcha. Atribuyo esto, en parte, al cansancio y al adormecimiento que provocan tantos estímulos externos. Aun así, es necesario detenernos a celebrar los avances en las políticas de género, incluso en campos específicos como el de la música académica, y acompañar esa celebración con la renovación del compromiso en nuestros propios contextos. Las feministas que nos precedieron no siempre vieron los frutos de sus esfuerzos. Es probable que nosotras tampoco los veamos todos, pero podemos sostener la certeza de que las próximas generaciones encontrarán un terreno más justo gracias a lo que hoy defendemos.
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