La criminalización rebasa los límites del respeto que merecen las autoridades ancestrales. Por ser indígenas, el sistema colonial considera a los pueblos menos que ciudadanos. El presidente Arévalo, encerrado en su burbuja, se olvidó del sacrificio de miles de indígenas y algunos ladino-mestizos que soportaron hambre, frío y pérdidas económicas durante el levantamiento que posibilitó que asumiera su cargo en el Gobierno.
Las autoridades indígenas, asumiendo —de nuevo— su responsabilidad histórica y demostrando su integridad ética y moral ante la cosa pública, se han aglutinado para solicitar legalmente (derecho de petición) que los diputados den marcha atrás con el desvergonzado aumento que se recetaron recientemente (ha sido suspendido, no derogado). Tal situación ofende al grueso de la población que apenas sobrevive con los precarios ingresos que obtienen del escaso empleo formal que genera el sector privado y de la alta informalidad derivada de ello.
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Lamentablemente, los diputados no se dignaron a recibirlos, a pesar de las largas distancias recorridas por las autoridades ancestrales, quienes lo hicieron sin sueldo, a diferencia de los diputados, que sí lo reciben. Ni la bancada oficial, ni la izquierda, ni otros bloques les brindaron la atención que merecen, a pesar de ser autoridades legítimas, reconocidas tanto constitucional como internacionalmente.
El desprecio manifestado pinta la inmoralidad de quienes han sido delegados para legislar en pro del bien común. Los rostros que hacen shows, payasadas y demagogia, especialmente en tiempos electorales, han decidido ausentarse ante la justa demanda de las autoridades ancestrales.
En las redes sociales, los estratos urbanos y clases medias se rasgan las vestiduras protestando contra el leonino e inmoral aumento de sueldo de los diputados y de todos los altos funcionarios públicos, incluyendo alcaldes. Se han vuelto ciudadanos virtuales, porque es más cómodo despotricar desde el anonimato o desde el espacio de confort que se cree tener.
La indiferencia ante la lucha justa de las autoridades ancestrales, que hacen para el bien de toda la población, es notoria. Ningún sector, líderes, organizaciones, centros de estudio, pobladores urbanos, vendedores de mercados hacen eco del esfuerzo y sacrificio de las autoridades ancestrales. Todavía, en el imaginario colonialista, prevalece la idea de que es cosa de «indios» esos movimientos. En la ciudad, o somos ignorantes o tenemos doble moral, expresando protestas virtuales mientras, en la realidad, no actuamos para defender el patrimonio de nuestros hijos ante el robo descarado de las altas autoridades estatales. Decía mi abuelita «de balde tanto estudio», o lo que manifestaba un connotado maestro universitario ya fallecido: «los ladino-mestizos y las clases medias urbanas pasamos por la escuela, pero la escuela no pasa por nosotros».
Se descalifica la lucha legítima argumentando con prejuicios: «esos están manipulados», «solo vienen a hacer relajo», «ensucian la ciudad», «vuelvan a sus aldeas», «son caitudos o sombrerudos», etc. Todo el desprecio racista emerge en nosotros antes que la dignidad y la valentía (¿las tendremos aún?) para luchar contra la corrupción. No nos interesa el bienestar de la población, no avizoramos el negro futuro que nos espera, no pensamos en la familia. Nos atrapó la colonialidad del sistema para hacernos sumisos y conformistas. Sin embargo, en el discurso somos altisonantes y violentos. Solo ahí.
Las autoridades ancestrales son excluidas del Estado. No tienen los derechos de otras autoridades, por ejemplo, el antejuicio. Por ello el sistema jurídico arremete con toda su furia racista cuando defienden derechos. Los engrilletan, los mantienen presos por años, inventan juicios uno tras otro. Todo esto sin los privilegios que gozan los corruptos, para quienes la justicia es pronta y cumplida.
El Estado fracasado solo puede superar la crisis en la comunalidad ladino-mestiza e indígena organizada. Los pueblos ya la han construido:
«Hay pueblos allí donde los cuerpos se congregan, se abrazan, se cuidan y se alistan contra el poder institucionalizado, contra la falacia del orden que exige orden. Existe pueblo donde los cuerpos sueñan, desean y luchan, donde dan la cara y ponen el cuerpo, donde pierden y se desgastan, en invencible felicidad, por la transformación vital de lo porvenir». (Autor desconocido)
¿Los otros sectores harán comunalidad?
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