La invasión colonial de lo que en el futuro se llamaría América articuló lo religioso con lo militar para expandir los territorios imperiales, aprovechar sus recursos naturales y humanos, y justificar la violencia civilizatoria de Occidente.
La invasión a Norteamérica por el imperio británico se caracterizó por el interés de apropiarse de los territorios y sus riquezas, pero sin sus habitantes. Por ello, se practicó la cacería de indígenas mediante el pago por cabelleras de hombres, mujeres y niños; cada cabellera tenía un valor diferente.
La invasión realizada por Castilla y Portugal estaba interesada en expandirse territorialmente. También buscaba imponer la dominación de los pueblos para convertirlos en esclavos y servidumbre que garantizaran la acumulación de riqueza para los imperios ibéricos y el tributo a la Iglesia católica.
Dos modalidades de guerra con la misma tecnología y finalidad: el extractivismo de oro, plata, cultivos, prácticas y saberes, así como la imposición de la narrativa única de Occidente, mediante la muerte y/o esclavización bajo justificación religiosa.
Gradualmente, los imperios han perdido sus colonias a través de la lucha de los pueblos por descolonizarse o independizarse. Aunque Inglaterra y Francia aún poseen colonias como las Malvinas, la Polinesia Francesa o Nueva Caledonia, entre otras, la pérdida de sus imperios coloniales no llevó a las potencias occidentales a renunciar a la lógica de dominio global ni a sus principios guerreros. Por el contrario, dicha lógica dio lugar a una política neocolonial menos visible, pero no menos agresiva[1].
A través de instrumentos político-militares, económicos, ideológicos, financieros, (Banco Mundial, BID, OCDE, ONU), mediáticos, tecnológicos y culturales, las antiguas metrópolis han buscado preservar su acceso privilegiado a los recursos naturales y humanos. Entre estas prácticas se encuentran las restricciones unilaterales, la manipulación de los mercados financieros, la imposición de deudas impagables, la intervención directa a través de la instrumentalización del discurso de los derechos humanos, la soberanía, la democracia, etc., que les permite, también, incidir en resultados electorales.
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África, América Latina y Medio Oriente siguen bajo el control y el interés de las nuevas prácticas coloniales, ya sea por seducción, manipulación o por la fuerza. Estos territorios y pueblos, ricos en reservas naturales, en vez de verlas como un don o una bendición, han tenido que sufrirlas como una maldición. La rapiña neocolonial no desprende sus garras de estas tierras, aduciendo la defensa de la libertad —como en el discurso de Dionisio Gutiérrez—, la democracia y la soberanía, categorías que se quedan en el discurso y no en la práctica organizativa de los pueblos.
Ese nuevo colonialismo se asienta y garantiza el control del llamado Sur Global por la complicidad de las élites oligárquicas locales que, a su vez, controlan al Estado de manera indirecta pero efectiva, utilizando la máscara e instrumentos de la democracia, los procesos electorales y las estructuras políticas para ejercer el colonialismo interno que agobia a los pueblos indígenas y, cada vez más, a las clases medias urbanas, estratos y grupos. Todo ello es posible por el efecto de la colonialidad que, a través de la educación, las religiones, los medios y las narrativas dominantes, siembra en la subjetividad la normalización de la sumisión, la alienación y el racismo.
La guerra contra Irán no tendrá ganadores. Es posible que Estados Unidos pierda el control de esos territorios y de gran parte de los recursos energéticos. Irán quedará devastada con el reto enorme de la reconstrucción, pero seguirá siendo Irán. China y Rusia no saldrán tan golpeadas. El problema es que las grandes potencias mencionadas no dejarán de extraer recursos naturales estratégicos de la madre tierra, especialmente del sur global. La guerra no es para que los pueblos colonizados se liberen.
Estados Unidos se replegará hacia su ámbito de mayor influencia, América Latina, que sufrirá un creciente extractivismo que garantice lo que Estados Unidos pierda en el Medio Oriente. Los territorios indígenas, por sus recursos, serán nuevamente invadidos; las poblaciones, desarraigadas y abandonadas a su suerte y a la pobreza, porque del Estado no se puede esperar mayor cosa debido a su complicidad con el neocolonialismo.
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[1] El Heraldo de México, 8 de abril 2026
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