El colonialismo, impulsado por la Iglesia católica y la monarquía castellana, aparte de invadir territorios y extraer riquezas, enfocó su ataque contra la memoria de los pueblos, las prácticas y saberes milenarios –la intelectualidad– que no eran inferiores a la civilización occidental.
Diego de Landa, dentro de otros invasores, quemaron libros, códices y expresiones artístico-religiosas. Es decir, se exterminaron intelectuales, con ello se demostró que el saber organizado, la historia y la cosmovisión suelen ser uno de los primeros objetivos del poder totalizante y colonizador. El intelecto incomoda porque cuestiona, compara y recuerda. Allí donde se busca obediencia absoluta, la reflexión y la memoria resultan subversivas.
La arremetida contra las creencias de los pueblos fue lacerante y violenta. Sobre los lugares sagrados de la Madre-Tierra se erigieron iglesias católicas, mientras la misma población fue obligada a aportar su fuerza de trabajo para levantarlas. Este proceso violentó las fibras más profundas de la religiosidad y las creencias basadas en una agroreligión de vida en equilibrio y armonía. Los pueblos fueron forzados a olvidar a los ancestros, poniendo en riesgo la continuidad de una vida digna de las generaciones futuras.
Siglos de opresión intelectual, de imponer narrativas falsas, incompletas, de arremeter contra las culturas y la diversidad de pueblos, y de utilizar la educación y los medios de comunicación para ocultar las otras historias, las otras memorias. Sin embargo, contra la fortaleza civilizatoria de los pueblos el monoculturalismo no pudo, ni ha podido evitar que, en lo profundo de las conciencias colectivas y en el pensamiento social, se busquen formas alternativas de resistencia y de transmitir la continuidad de la memoria legítima.
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Por eso, no se olvida la violencia colonial contra los pueblos. La explotación desmedida de hombres y mujeres, el robo de tierras, el racismo cotidiano y estructural, el desprecio que se sufre por ser diferente y alternativo a la implantación del modelo único de vida social. Se recuerda con profundidad y ternura a los mártires que escribieron las páginas subjetivas de la memoria con sangre. Líderes comunitarios, jóvenes soñadores, intelectuales, estudiantes, profesionales, víctimas inocentes como los niños de la guerra, huérfanos, abandonados o vendidos al mejor postor (Caso Consuelo Porras).
La capacidad de resistencia y propuesta que emana de la memoria se expresa a través de la tradición oral (a falta de medios de comunicación descolonizados) y del mensaje creado en las relaciones sociales, en los mercados, en las fiestas y en las actividades religiosas. También se manifiesta en la expresión musical, la poesía, las danzas y las indumentarias, así como en la sobrevivencia de libros y códices que no pudo quemar el invasor, y en títulos escritos en la colonia por escribas indígenas sobrevivientes. Todo ello dignifica y da esperanza de sostener la vida contra la muerte.
Expresiones como el Museo de la Memoria del Parque Intercultural, los recorridos de la memoria que realiza la fundación MAG, los libros y documentos que van surgiendo como flores en tierra fértil, así como los foros y conferencias, lo demuestran. Contra la dignidad y la vida, la violencia ejercida para mantener el poder no ha sido suficiente para callar —como dijo Carlos Guzmán Böckler— las voces que vienen del otro lado del silencio.
Contra la historia oficial que silencia a los pueblos, la memoria histórica es plural, comunitaria y política. Para los pueblos de Guatemala, la memoria no es un archivo polvoriento, sino raíz viva que sostiene su dignidad. Recuperar, revitalizar y proyectar la memoria histórica busca descolonizar el saber, el ser y el poder.
La memoria histórica es también un medio político para combatir el racismo estructural, los proyectos extractivos, la criminalización. Fortalece la organización, defensa del territorio, lucha por los derechos individuales y colectivos en un escenario colonizado de impunidad y corrupción, para cambiar el Estado colonial.
La memoria, como grano de maíz —de justicia y transformación—, que muere y renace al ritmo de la relación de la sociedad con el cosmos, es dignidad, lucha y construcción de futuro; no para quedarse en el pasado, sino para transformar el presente-futuro.
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