Intenté ser uno. Uno pésimo. Proyecto que tocaba se caía. Colectivo cultural en el que me entrometía se desbarataba. Mejor sería apartarme; mejor dejar la iniciativa a otros. Y es que nunca aprendí a usar un arco. Mi puntería, mi tino, es fatal. Mis flechas jamás dan en el blanco y, el pueblo me perdone, no sé bailar.
Y en un oficio como ese hay que saber bailar. Desaprendí a tropezones que no doy la talla para cazador celeste.
Un cazador celeste es un ser con ojos de águila y músculos sagaces, capaz de apuntar al sol y flechar, entre nubes iridiscentes y lagos espejeantes, a primaverales serpientes numinosas con sangre de arcoíris, todo esto mientras danza.
Apuntar, disparar y bailar al mismo tiempo, ni más ni menos: eso hacen los cazadores celestes. Todo para que la belleza desangre su color, su sonido, su forma y su palabra entre los pueblos, y así nuestros ojos, oídos y manos puedan ver, oír y tocar lo que antes solo estaba destinado a ser visto, oído y tocado por ojos divinos.
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Disparan sus flechas para que podamos ver, oír y tocar un poco de la magia creadora. Esa materia y forma de quienes se encargan de la crianza de seres, cosas y sueños. Es decir, los clarivigías. Es decir, los facultados del quehacer con los cantos, las piedras, los colores, las tinieblas, las plumas, palabras, sonidos y luz. Los que inventan, juegan, recuerdan, imaginan, moldean y hacen lucir las cosas. Es decir, los artistas, a falta de otro nombre mejor para tales brujos.
Cuando los Oropensantes-Luceros imaginaron al Ambimano Tatuador de Mundos, creador con su aliento de la belleza, no tomaron en cuenta que este, ciego y dulce, correría el riesgo de ser destruido una y otra vez por ciertos hombres: los de barro sin cocer, bárbaros tempestuosos que solo saben hacer la guerra, chafarotes que niegan la alegría y siembran el dolor, bestias y verdugos de sí mismos y de sus hermanos, incapaces de amar y afirmar la vida.
Entonces, los Oropensantes-Luceros tuvieron a bien dar existencia a nuevos prodigios: magos creadores, clarivigías soñadores que, si bien salvaron las magias, tienden a guardarlas solo para los ojos divinos, porque sabido es que los dioses se nutren así.
Muchos brujos-artistas solo miran hacia arriba, solo pueden ver hacia las estrellas. Esa es su labor.
Allí entran los cazadores celestes en acción, pues saben que el arte, como esos dioses lejanos, también exige el alimento de los ojos terrenales, de nuestros ojos. Porque ver no es ver solo con pupilas de los ojos-luceros, sino ver con los ojos de todos los que ven. Los cazadores tensan los arcos y disparan, bailando hieren a la belleza y la derraman desatando sus sustancias, desanudando el arcoíris de sus venas para que las artes...
alimento de los dioses
permanezcan entre los hombres
y se llenen las plazas
de músicos, pintores, escultores, poetas,
grabadores, plumistas, jicareros,
acróbatas, alfareros, talladores,
orfebres, danzarines voladores… [1]
Yo conozco a muchos de esos cazadores celestes. Muchos son mis amigos. Hacen libros, arman teatros, desperdigan historias, organizan toques, enseñan a dar forma a las cosas, tejen, bailan convites, leen poesía en la calle, se organizan, pintan murales, componen música, llevan los artilugios de la luz y el sonido a las esquinas del mundo, organizan festivales, tienen librerías…
A sus flechas dedico esta nueva aurora primaveral. Ellos y ellas desangran a la belleza y al pensamiento, no sé cómo lo hacen. No pude ser uno de los suyos, pero mi yo brujo, torpe mago aprendiz, junto a los demás brujos, los necesita para seguir urdiendo en colectivo el hilo soltado en aquel principio por el Ambimano Tatuador de Mundos, para que a través de sus creaciones tengamos la posibilidad de ser un poco clarividentes entre la oscuridad y no tengamos miedo de afirmar siempre la vida y honrar siempre las muertes como caminos sagrados.
De quienes estén atentos a la belleza será la primavera en este país forjado a miel. Feliz inicio de primavera.
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[1] Clarivigilia primaveral de Miguel Ángel Asturias es un poema que celebra el impulso creador del territorio profundamente primaveral que sostiene nuestras existencias compartidas. Es un canto a los artistas y a quienes hacen posible que las artes, con alegría, lleguen a la comunidad. Una fiesta de color y vida.
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