Un riachuelo helado, nacimiento de montaña, como vidrio fluido de tan claro. Al tocar el agua uno también se volvía transparente.
Guacalito con las manos y a mojarse la cara. Se podía.
Desde que la carretera a Quiché fue renovada (antigua y necesaria conexión entre San Miguel y Santa Cruz), aquel arroyo se llenó de basura con código de barras. Cae desde una vía cada vez más transitada: empaques, botellas, latas de cerveza, tetrapaks, cartones de pizza, pañales desechables…
Así, uno de los pocos recuerdos que tengo de agua alegre se ensució.
No seás idealista, no tenés que «romantizar» lo «verde», me dijo alguien hace poco. El «desarrollo» es necesario, hay que pagar un costo.
Des-arroyo.
Pocas veces he visto un manantial limpio.
En Toto, desde que tengo memoria, todos los arroyos que rodean al pueblo son cloacas. ¿A quién se le habrá ocurrido la brillante idea de descargar los drenajes en los ríos, sin ningún tipo de tratamiento?
El desprecio por el agua me desconsuela. No es raro ver gente arrojando bolsas o carretadas de basura a las corrientes.
Las piedras y vados están forrados de hilachas inmundas. En los meandros se acumulan desechos dolorosos de ver.
Me da por imaginar que allí hubo peces y tepocates. Tal vez los niños de antes jugaron a agarrar cangrejos o las señoras se lavaron el cabello en la orilla.
Sé que esas aguas movieron los batanes de un molino de trigo. En el torrente fluía la promesa del pan de mi abuela, la panadera.
Hoy el agua hiede.
No sorprende que mi hidratación haya dependido de los garrafones de un camión azul.
Se supone que esto es Toto. Con T mayúscula de Territorio.
Al desagüe que sale del pueblo lo llaman en broma «río Bolas». Cuando llueve y desborda, los prados se cubren de una nevada de poliestireno.
Al llegar a San Cristóbal el arroyo se une al río Samalá, que ya viene poluto, y entrando a Xela se infla con las inmundicias de los municipios del resto de la cuenca. La pestilencia en ciertos tramos es insoportable. Pocos kilómetros han recorrido y estas aguas ya van muertas. Llevan un color horrible.
[frasepzp1]
Antes de llegar al océano Pacífico, el agua sucia regará unos vegetales colosales en Almolonga (de exportación), moverá las bobinas de una hidroeléctrica, atravesará biobardas, ingenios de azúcar, cultivos agroindustriales y se atiborrará de todas las demás descargas residuales y «fitosanitarias» de los municipios de la costa sur. Algunas comunidades se bañarán con ella. Entre las raíces de un mangle navega una botella magullada de glifosato.
Mejor volteo para otro lado. Me voy al lago. Pero tenga precaución si planea nadar, advierte un letrero que me solicita ahorrar agua, pues en ciertos sectores se han registrado niveles alarmantes de arsénico y e. coli. En Atitlán hay 11 plantas de tratamiento, ninguna funciona bien.
En Guatemala más del 90 % de fuentes está contaminado. No hay agua limpia en un país de abundancia hídrica. Y para mucha gente, no hay ni agua.
Una corporación de bebidas o un proyecto inmobiliario arrasa alguna zona de recarga y cava pozos más profundos en busca del acuífero que contribuye a desecar.
Tengo ganas de responderle a aquella persona: quizá lo idealista sea confiar en este modelo de «desarrollo» que consiste en extraer, consumir y tirar, en agotar y enfermar los «cuerpos» de agua y la tierra. El cuerpo.
Ecocidios impunes arrasaron el río La Pasión con vertidos agroindustriales. La actividad minera ahoga al lago Izabal en metales pesados. Basura y cianobacterias asfixian al lago Amatitlán. El río Cahabón fue secuestrado. El Motagua no ha dejado de ser un ataúd que arrastra cadáveres y toneladas de desechos al Caribe.
El río Motagua que es un abuelo. Otto Raul González lo recordó así:
De sus aguas bebieron hace siglos
los primeros soñadores de esta tierra,
los poetas de ayer, los constructores
del mundo mágico de la biblia americana;
los profetas que derramaron sus sueños
y las semillas del maíz sobre el futuro
y enseñaron al hombre a caminar erecto.[1]
Cerca de casa construyeron un nuevo centro comercial, de espaldas al infame Samalá. La novedad. Mientras los comensales hacen cola para entrar a uno de muchos restaurantes de comida rápida, la fetidez del río les acaricia la nariz, se mezcla con el olor del pollo frito.
No soy hidrólogo ni limnólogo. Tal vez en el fondo sí soy un poco romántico. Y como mi subjetividad romántica necesariamente se fusiona con el paisaje, me duele hasta en el pelo atestiguar la tristeza del agua.
Me derramo.
Porque cuando pienso en agua limpia recuerdo un arroyo en Chuipachec, en los bosques de Totonicapán. Recuerdo la alegría del agua.
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[1] Poesía Fundamental (1995). Otto Raúl Gonzales. Editorial Universitaria.
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