Mamá Caro, como la llamaba, fue la abuela que me amó incondicionalmente y a quien amé de igual manera. Mis recuerdos de la primera infancia están impregnados de ella. Como pocas personas en este mundo, siempre se sintió orgullosa de mí y de mis pequeños logros de niña. «En ti», me decía como si afirmara una verdad absoluta, «reencarnó el espíritu de mi mamá, que era sorprendente». Le encantaba repetirme esta frase cuando me preguntaban algo y yo respondía, según ella, con una agudeza, con un ingenio que ella celebraba como si se tratase de las sabias palabras de alguien mayor. Tal vez solo era que ya desde niña habitaba en mí un espíritu adulto. Por mi lado, disfruté los días que pasé a su lado porque yo era el centro alrededor del cual guiaba sus cuidados. No podía peinar mi cabello largo así que me llevaba con quien, por ese entonces, hacía peinados en el pueblo. Además, como no me gustaban las tortillas , ella enviaba desde Quezaltepeque a alguien para que me comprara pan francés en Chiquimula. ¿Quería ropa? O la cosía o la compraba para mí. ¿Quería juguetes?, lo que quisiera ella me lo daba.
Reconstruyo mi vida con estos recuerdos. En el primero veo a una niña de tres años quizás (yo) a quien intentan bañar en una pila en una casa en un segundo nivel en Huehuetenango. La niña se resiste, llora, patalea. Amenaza con tirarse por la ventana. Está haciendo un berrinche colosal. La veo a ella, Mamá Caro, hablando conmigo como si yo hubiese sido adulta, me dice en tercera persona: «Mira, la niña está haciendo un berrinche, no quiere bañarse». Sigue así hasta que me calmo.
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Los recuerdos son selectivos. Olvidamos lo que nos hiere y lastima. La falta de memoria nos protege o nos aniquila. Menos mal los recuerdos maravillosos perduran para decirnos que, aunque haya sido terrible, ningún pasado está exento de felicidad.
Después, tendría yo poco más de cuatro años. Veo que me han colocado de pie en una especie de tarima a la entrada de la escuela de Quezaltepeque donde ella era maestra. Los niños y adultos que pasaban por ahí me preguntaban la hora y sonreían con complicidad. Recién me habían regalado un reloj de pulsera (en esos tiempos no existían los digitales) y celebraban con ella que, a esa edad, yo hubiese aprendido a decir la hora.
Las paperas las pasé con Mamá Caro, que me acariciaba la cabeza y la espalda mientras me llenaba de historias para que no me moviera. Me hacía aprendérmelas y que las repitiera una y otra vez. Así, conocí la poesía, los refranes, las anécdotas y algunos cuentos que poblaron mi imaginación. Por ese entonces me habían cortado el pelo por lo que ella con disimulo aprovechaba para revisarme uno a uno los cabellos, porque los insectos que visitan a veces a los niños habían hecho de ese territorio su casa. Años después, recuerdo que, por única vez, hicimos limpieza juntas. A ninguna de las dos nos gustaba. Estaba yo exhausta y me senté a descansar. «¿Qué estás haciendo?», me preguntó. «Estoy descansando», le respondí. «Levántate y ahora ve a limpiar aquello», me dijo. Cuando me quejé afirmó: «Se descansa haciendo otra cosa». Creo que esa frase me ha impedido desde aquella época el ocio completo sin sentirme culpable.
Mamá Caro murió un día antes de mi cumpleaños. El día de mi cumpleaños fue su entierro. Pasé varios meses teniendo pesadillas, porque en ese tiempo nadie explicaba lo que significaba la muerte y no tenían el tino de impedir que los niños mirasen a un recién fallecido.
Hoy, según se afirma en algunas terapias alternativas, parece que su muerte tuvo un sentido exacto: ella murió en una fecha siempre presente para mí. De esa forma me transmitió su legado.
En el tiempo que me resta, lo tomo con amor y gratitud.
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