Para entender lo que sucede hoy por doquier, hay que indagar mucho en la historia, una disciplina que poco se enseña en colegios y escuelas: la de nuestras dictaduras, los orígenes del fascismo —principalmente europeo—, lo sucedido durante la entreguerra y, posteriormente, las reparaciones del llamado período de posguerra del siglo pasado. La moda por el Estado de bienestar, el multilateralismo y las Naciones Unidas, así como por entes como el Fondo Monetario Internacional, parece estar hoy en el banquillo de los acusados. Y lo más paradójico: por quienes más se han beneficiado de la globalización, el famoso 0.1 por ciento de la élite mundial.
También debemos estudiar la historia inmediata: la de la globalización, el período de auge desde los años 90 hasta la crisis financiera mundial de 2008-2009, y luego el largo período recesivo que le siguió; pasando finalmente a la era de la pandemia y la pospandemia, de donde surgen las posverdades, los antivacunas, la ultraderecha protofascista y el racismo antiinmigrante.
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Los que saben de todo esto acuden principalmente a la situación económica de los hogares en el mundo y estudian la desigualdad, autores como Branko Milanović, demuestran que, llegados al 2009, un grueso sector de pobres como los de África subsahariana sigue en una situación deplorable. Es decir, la vida sigue igual. Mientras tanto las clases medias de exitosos países en desarrollo, incluyendo a India y China, experimentaron cambios positivos importantes; no así las de los países desarrollados —desde los noventa hasta llegada la crisis del 2008—. Mientras tanto, las grandes élites mundiales, acaparadoras y monopolistas, son las claras ganadoras del proceso global. Principalmente las que corresponden al 1 % de la población.
De esta manera, pese a su discurso de igualdad, la propia globalización ha tenido como ganadores a India y China, en contraposición a las industrias locales europeas y norteamericanas, por ejemplo. Es así como la deslocalización de los talleres industriales produjo un ascenso social en el Asia industrializada. Esto era más que lógico. Pero fue una decisión de las grandes marcas y logos mundiales, lo que generó gran riqueza en un pequeño sector del mundo desarrollado.
Todo esto ha provocado el dominio de oligarquías poderosas que mantienen el poder con gran notoriedad, por ejemplo, en la antigua área soviética de Europa del Este, que hoy abanderan los populismos de carácter protofascista, racista y principalmente antiinmigración. El surgimiento de un movimiento creciente de este corte en las elecciones realizadas el domingo pasado en Alemania ha sido motivo de alarma, en relación con los nuevos populismos protofascistas.
Por tanto, resulta sintomático resaltar que el voto masivo de la antigua República Democrática Alemana, en favor del ala ultraderechista, refleja cómo los polos opuestos se unen: y es que la antigua república ultracomunista ha convertido a sus ciudadanos en descontentos antidemócratas, antiglobalistas y aficionados a las andanzas de Putin, y sus añoranzas de la república de los zares. Así, también, ha sucedido en Hungría y anteriormente en Polonia y la fragmentada ex Yugoslavia.
La pandemia ha exacerbado todo esto,y bien nos lo explica Naomi Klein en su libro Doppelganger. Resulta ser que muchos de nosotros tenemos un doble, muy contrario a nuestra forma de ser. Por ejemplo, la popular escritora canadiense le sorprende cómo la confunde la gente con Naomi Wolf, quien es una libertaria antivacunas, ferviente adversa del cambio climático y antitodo lo que fuera el mundo globalizado en favor de la igualdad.
Pareciera ser, entonces, que el famoso Covid cambió la forma de ver el mundo de la gente de a pie, de lo cual se aprovechan los grandes oligarcas y poderosos. Precisamente, para retener y profundizar el poder, mediante la propaganda, la crítica —muchas veces válida— a las burocracias, a los órganos estatales, y a la propia ayuda al desarrollo, a la que se tilda de parasitaria y acomodada.
Lo que le preocupa así, a gente como Naomi Klein, es el Estado fascista —tipo payaso— al estilo para nosotros de un Jimmy Morales, o bien, más abajo del hemisferio, de un Javier Milei. Se trata de la contracara del Estado democrático moderno.
Klein nos recuerda la novela de Saramago titulada El Hombre Duplicado que incluye el epígrafe: «El caos es un orden que está esperando ser descifrado». Pareciera ser así, entonces, que la gente de a pie premia con el voto al afuerino, el que no ha estado adentro, esperando que con su sátira, y hasta con sus payasadas, logre el cambio deseado.
Y es que el nuevo orden mundial, de acuerdo con los expertos, vendrá de la solución a terribles problemas como: la desigualdad, la corrupción, la inmigración, los extremismos como el islámico, las convulsiones internas de los países, y temas por el estilo. En donde sobresale, por supuesto, la lucha por los recursos y su agotamiento en el planeta, ya congestionado por la sorprendente explosión demográfica.
Así, las soluciones a estos descontentos deben venir de un verdadero cambio generacional, tal y como han reaccionado los del partido socialdemócrata alemán desde el domingo pasado, cuando sufrieron su peor derrota desde el período de posguerra.
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