La vergüenza, por tanto, marca nuestro modo de ser como neuróticos adaptados que somos (eso es la normalidad), siempre en una relación de relativa tensión con el otro y con nosotros mismos. Los psicóticos (que representan el uno por mil de la población) no tienen este sentimiento porque viven en su mundo, sumidos en el delirio o la alucinación. En otros términos, todo el mundo llamado «normal» tiene esa sensación vergonzante de expresar rubor, sonrojo o vergüenza ante lo que vivenciamos como nuestra falla cuando somos descubiertos. O también podemos reaccionar agresivamente, siempre para ocultar el límite.
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Pero hay otra categoría en el campo de la psicopatología que tiene como una de sus características principales la falta de ese sentimiento: no hay vergüenza, no hay empatía, el otro es considerado un mero objeto, un instrumento útil para su propio proyecto, pero no un humano más, un congénere que piensa y siente. No existe ahí, por tanto, esa sensación de vergüenza, de culpa o remordimiento. La fantasía, en este caso, es de completud, de perfección sin mácula a la vista. Entra en esa descripción nosográfica lo que, con una noción amplia e incluso algo difusa, se llaman «psicopatías».
Todo lo anterior se engloba en lo que, de un modo quizá bastante general, podríamos llamar «psicología de la vergüenza». Pero otra cosa muy distinta es la «vergüenza de la Psicología». ¿A qué se puede llamar así? A lo que está sucediendo en la Escuela de Ciencias Psicológicas de la Universidad de San Carlos de Guatemala, la USAC.
Es sabido que la universidad pública, la más grande del país y una de las más antiguas de todo el continente, fue considerada un objetivo militar durante los años de la guerra interna. Como «cueva de guerrilleros» fue tenida en los momentos más duros del conflicto, por eso ahí se golpeó sin clemencia; en esa lógica, enormes cantidades de catedráticos y estudiantes fueron asesinados o condenados a marchar al exilio. Todo eso trajo como consecuencia el vaciamiento intelectual de la casa de altos estudios. Con el paso de los años, habiéndose transformado la legendaria Huelga de Dolores —al menos en parte— en una triste exhibición de violencia y chabacanería, el pensamiento crítico ha ido saliendo de la universidad. Aunque en algunos espacios se sigue manteniendo un ideal de denuncia y lucha social, mafias impresentables fueron adueñándose de sus distintos mecanismos institucionales.
La USAC juega un importante papel en la dinámica política del país, influye directamente en la elección de autoridades de determinados resortes decisivos de la institucionalidad estatal. De ahí que ese contubernio mafioso conocido como Pacto de Corruptos que se ha ido apropiando del aparato de Estado (Congreso, sistema de justicia, Corte de Constitucionalidad, Ministerio Público, muchas alcaldías) tiene en la USAC un fundamental botín a disputarse. De esa cuenta, el actual rector llegó a la dirección de la universidad en forma espuria, con un Consejo Superior Universitario manejado con criterio de banda gangsteril. En esa perspectiva intervinieron varias unidades académicas, para manejar a sus anchas esta importantísima institución nacional.
Ahora tocó el turno a Psicología. En forma autoritaria, impositiva, recordando el perfil cínico-psicológico descrito más arriba, fue designado un abogado (¡no un psicólogo!) como interventor de esa escuela. La reacción del estudiantado de esa unidad, mujeres básicamente, fue heroica: impidieron su toma de posesión. De todos modos, con artimañas leguleyas, la Escuela fue intervenida. Una verdadera vergüenza para la Psicología, pero, en medio de todo, el estudiantado dejó una bocanada de esperanza, mostró que no todo está perdido, que la Tricentenaria sigue siendo un bastión de resistencia.
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