Hemos publicado bromas, paráfrasis de cuentos de Cortázar, sátiras mal rimadas, finales trisfelices de los Monty Python, fragmentos de licas, listas terribles de gráficos espantosos, canciones de Metallica, hemos analizado el devenir social con viñetas del maistro Quiroa y descrito mundos en los que un ajedrez tiene seis lados, hemos creado memes (y alguien llamó a la oficina, amable pero consternado, para decirnos que habíamos olvidado el texto) o tomado otros que existían; hemos asestado discursos torrenciales y sin orden como nuestra propia historia, la de Guatemala, es decir, armado rompecabezas con atonías de Ligeti, o desarrollado el monólogo interior de un Presidente a punto de ser defenestrado, y hemos dicho que el piano está bien bolo. Hemos defendido la desobediencia civil cuando es justa y cuando lo ameritó aun le recomendamos lecturas al Cacif.
Entre otras cosas.
También cometimos, no obstante, un pecado capital: les hicimos saber que están todos ustedes equivocados, y (¡peor aún! ¡inconcebible!) que nosotros también lo estamos: que la cosa no es tan fácil de entender (por eso mejor si no nos ponemos violentos) y requiere esfuerzo (nadie pretenda un doctorado en diez fines de semana) y paciencia (hemos hablado de la fácil impaciencia, el lubricante del pesimismo invariable).
Reconozcamos que en estos tiempos quizá no hemos sido los más ortodoxos en términos de cómo se escribe un editorial.
No es que nos avergoncemos por ello: al contrario: La ortodoxia es a veces una forma de aburrimiento, a nosotros nos gusta jugar, incluso cuando es encima del fango, si no vamos a salir limpios al menos salgamos alegres, la sensación grata de haber hecho una travesura.
Pero hoy (y sin que sirva de precedente) vamos a tratar de ser un poco más clásicos. Cumplimos cinco años y eso exige tomarse en serio, engolar la voz, ponerse gelatina en el pelo. Hoy vamos a hacer lo que le corresponde a un medio que quiere ser como esos señores que salen en la tele con corbata. Hoy nos vamos a poner el frac de la sobriedad y nos atusaremos la barba mientras hablamos, como si en verdad estuviéramos pensando.
¿Por qué?
Pues porque hoy (y sin que sirva de precedente) vamos a hablar de nosotros. De lo que pueden esperar de nosotros.
Cinco años, buff. Han sido cinco años hiperbólicos: en las calles, en las carreteras, en los corredores, en los bosques, en los tribunales, para toda la gente que está ahí fuera, haciendo cosas o padeciéndolas. También lo han sido en nuestras oficinas (tres espacios distintos, crecientes, queridos). Hemos dado saltos de alegría, hemos levantado una ceja con escepticismo o las dos con asombro al ver pasando cosas que pensábamos que no podrían pasar, hemos atravesado una crisis causada por nosotros mismos y también lidiado con innumerables desafíos; hemos puesto algún tema en agenda y hemos cometido omisiones (ya saben: tiempo, recursos, despiste o simple ceguera) que tarde o temprano intentamos redimir. Hemos hecho asimismo muchos amigos, redes, alianzas, e igual número de adversarios. Hemos visto emerger una hornada de medios que nos complementa, florecer a una nueva generación de columnistas; y hemos festejado cómo sus voces se fueron volviendo centrales, imprescindibles (al menos para quien quiera entender algo). Hemos celebrado también -tristes- cuando algunos fueron a medios más grandes, pues en ellos sus voces inteligentes encontrarían quizá mayor resonancia, pero nos hemos esforzado por que la tuvieran en nuestras páginas quienes orgullosamente permanecieron; a ellos les hemos agradecido una, cinco, diez veces, íntimamente todos los días. Hemos creado asimismo un programa de formación de periodistas y algunos de los que pasaron por él hoy les informan con tenacidad, talento y agudeza desde otros medios.
Hemos discutido además con fiereza pero con gusto entre nosotros, porque todo proyecto intelectual fértil tiene aristas, imperfecciones, coherencias sólo implícitas; y con medio mundo, porque somos un medio de ideas, no de dogmas: la infalibilidad no es una de nuestras pretensiones; sí lo son la precisión y la honradez intelectual.
Hemos experimentado, hemos intentado y nos dimos permiso de fallar: con ese permiso, cometimos torpezas insólitas, pero sin ese permiso nada bueno habría sucedido -y creemos que hubo mucho, permítannos la fatuidad.
Pero sobre todo estos cinco años nos han permitido dejar de ser una colección de individualidades hiperkinéticas y medianamente amalgamadas y convertirnos en una institución sólida, duradera, y con una brújula y un sentido de servicio cada vez más depurados. Eso somos; como proyectamos hace cinco años, un medio de periodismo de profundidad y que fomenta el debate, que reivindica los derechos humanos, la democracia y el desarrollo integral incluyente y sostenible; mantenemos los principios de equidad social, justicia, interculturalidad, cohesión e integración social, la lucha contra la impunidad y contra agotamiento, la degradación y la contaminación del ambiente natural. Nuestro rumbo (contribuir a construir una ciudadanía crítica) es una aspiración de largo plazo. Nuestro método (poner a su servicio información tan completa y digerible como seamos capaces, con simplificaciones pedagógicas, no caricaturescas) es una tarea sisífica, diaria. Nuestro canal: transmedia (pretendemos estar en la web, pero también en la radio y en la tele e impresos. Compartir, regalar nuestra información. Hacer que llegue a los lugares a los que no podríamos llegar por nosotros mismos).
Pero nosotros ya no somos los mismos que hace cinco años, y del mismo modo ha cambiado nuestro entorno, este país. Hoy sabemos un poco más, conocemos un poco mejor nuestras capacidades, nuestras limitaciones, nuestros recursos y nuestras posibilidades, y queremos compaginarlos, de manera colaborativa o por simple encaje y a veces por contraste, con los de otros medios digitales, audiovisuales, revistas y radios que surgieron en este tiempo y comenzaron a abordar flancos de la actualidad que hace un lustro percibíamos vacíos. Estamos contentos con ese entorno nuevo: la calidad de un sistema de medios depende, en buena medida, no de la multiplicidad de medios sino de la multiplicidad de miradas y a nuestros ojos esta última, siempre precaria, es mayor que la que había en 2011. Y creemos que estas circunstancias, aunadas a nuestra mayor fortaleza institucional, nos permiten desarrollar una agenda aún más propia que hasta ahora, más investigativa y menos marcada por la actualidad y la cobertura.
Por eso, sin que esto suponga que dejemos de lado temas o enfoques sobre los que se ha edificado Plaza Pública, hemos decidido que nuestro pequeño equipo de reporteros y editores hará un esfuerzo extraordinario y planificado por dibujar el mapa de la pobreza y la desigualdad, de las reformas o la refundación del Estado, de las visiones del desarrollo, el papel de las élites y la gestión del poder, la organización popular, los movimientos sociales, la conflictividad y las violencias, la migración y su papel en la aparición de nuevos sujetos colectivos, la cultura y la identidad y el género, el ambiente natural y su condición de bien público, y la vulnerabilidad sistémica.
O por decirlo de una manera simple, cómo la desigualdad, la inequidad y la injusticia atraviesan nuestra sociedad y la moldean, y qué consecuencias tiene para nuestra vida buena, y por qué.
En fin, eso.
Al final no salió lo de ponernos tan tan tan serios aunque sí un poco, pero que conste en acta: esta es la dirección que tomamos y esto somos; y somos además otra cosa: somos también ustedes, que nos han acompañado desde el principio o se han unido después (en número creciente), que nos han animado, matizado, criticado (en intensidad creciente). Que nos han mejorado, en definitiva.
Eso somos: somos una plaza inmensa en la que cabemos todos.
