La imagen atrapa, fascina. La preeminencia que ha cobrado no puede desligarse de una ideología centrada en la ganancia como motor del desarrollo económico (apelando así a la venta de imágenes con fuerza frenética). De ahí que es cada vez más usada para «vender» mercancías (todo es mercancía vendible) y generar formas de control social (mensajes político-ideológicos).
No hay dudas de que el sistema capitalista sabe muy bien lo que hace. Su preocupación máxima, en lo que pone todo su empeño, es lograr que nada cambie. Para eso tiene las armas… y los medios de comunicación. Si el campo popular no sabe bien qué hacer en este momento post caída del muro de Berlín, no es porque sea tonto (votando candidatos de ultraderecha, neonazis, aplaudiendo posiciones antipopulares). Es porque los manejos ideológico-culturales están hechos a la alta escuela. ¿Qué otra cosa es, si no, esto de la publicidad, el «arte del engaño?» Se logra que importe más el partido de fútbol o la telenovela de moda que los grandes problemas que nos atañen.
Desde hace cuatro décadas vivimos un proceso de globalización económica, tecnológica, política y cultural. Esa sociedad global está basada crecientemente en la acumulación y procesamiento de información y en las nuevas tecnologías de comunicación. Ellas (telefonía celular móvil, computadora personal y conexión a internet) permiten una serie de procedimientos que cambian de un modo profundo el modo de vida; puede hablarse de un antes y un después de su aparición en la historia.
«El emergente paradigma capitalista post-pandemia se basa en una digitalización y aplicación de las tecnologías de la así llamada cuarta revolución industrial. (…) La economía global post-pandemia supondrá una aplicación rápida y expansiva de la digitalización a cada aspecto de la sociedad global, incluidas la guerra y la represión», comenta William Robinson.
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En esta nueva forma comunicacional brilla el primado de lo superficial, de la inmediatez banal, con noticias que no son noticias, sino fake news, habiéndo llegado a hablar de post verdad —¿ya no hay veracidad?—. En esa lógica se inscribe la apología de la imagen, siempre retocada, falseada; ahí están las redes sociales permitiendo la tergiversación de lo que se ve llevado a un grado máximo con filtros y triquiñuelas varias: un obeso parece delgado, una anciana parece una quinceañera, etc. ¿Qué creer? ¿Habitamos en una nube digital donde los poderes dominantes nos confunden, el feo luce hermoso y las asimetrías socioeconómicas se presentan como inexorables y naturales? Ahí están los net centers, creadores de opinión pública a partir de viles mentiras. Las redes sociales, de las que cada vez pareciera que se puede prescindir menos, han pasado a ser la nueva biblia social… montando mentira tras mentira, banalidad tras banalidad. Todo está en la red, y san Google —ahora san GPT— pasaron a ser la nueva deidad. No debe olvidarse, no obstante, que buena parte de la humanidad no tiene de momento acceso a estas tecnologías (muchos, incluso, ni siquiera acceden a energía eléctrica). ¿Poblaciones «sobrantes» entonces? Gente que no consume productos elaborados tecnológicamente, pero que «roba oxígeno y agua dulce»: ¿habrá que eliminarlos según la lógica del capital?
Ahora bien: el campo popular no puede quedarse callado ante esto, debiendo jugar en el mismo plano, con una contracomunicación crítica usando similares medios técnicos. El ámbito comunicacional no puede servir solo para mentir. Puede ¡y debe! servir para emancipar .
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